“Donde hay gente, me animo”

El P. Teodoro van der Leest svd, desde Holanda, nos relata sus primeros pasos por Argentina y los orígenes de la Parroquia San Pedro, en Córdoba.

P. Teodoro van der Leest svd

Córdoba es una provincia en el centro del país, una zona panorámica con sierras, ríos de agua cristalina y lagos de embalses. ¡Una zona turística muy hermosa!

En el año 1973 llegué de Posadas a Córdoba. Por razones de salud, fui a mi tierra y estuve internado durante tres semanas en un hospital especializado en enfermedades tropicales en Rotterdam. Los médicos me dieron el alta y el permiso para retornar a Argentina, con el consejo de elegir un clima más benigno, más seco. Pedí al Generalato un traslado a la provincia de Jujuy. Fue concedido inmediatamente.

El P. Provincial Antonio Wagner me envió un telegrama desde Esperanza: “Bienvenido, te estamos esperando con brazos abiertos”. Tengo guardado este telegrama como una reliquia. Más tarde recibí otro: “Destino para la capilla Santísima Trinidad, en el barrio General Bustos y Talleres Este, en la ciudad de Córdoba”.

Me instalé por unos días en la parroquia de Cristo Rey. El P. Enrique Heer, que era el párroco, me hizo entender que el P. Agustín Wilhelm no quiso salir de la mencionada capellanía. Y fue así. Cuando toqué el timbre de su despacho y me presenté, me dijo: “Aquí no entrás”. Comuniqué lo sucedido al P. Antonio y al día siguiente vino a Córdoba para hablar conmigo. Me invitó a dar una vuelta y mostrarme otro lugar, me llevó en su Renault 4 al barrio Parque Liceo, segunda sección.

Llegamos a la Av. Alfonsina Storni y Florencio Varela y me dijo: “Aquí debe haber un terreno para una futura parroquia”. Vi entre el pasto alto un montón de ladrillos, vivía allí un hombre callejero. El P. Antonio dio una vuelta por el barrio y me preguntó: “¿Te animas a comenzar aquí?” Recuerdo que le dije: “Donde hay gente, me animo”. Entonces me dijo: “Bueno, comienza aquí. Mejor, que busques una casa simple en este barrio para vivir cerca de la gente”. Comencé a buscar.

Un día me encontré con la directora de una escuela cerca del sitio para la nueva parroquia. Le conté mi situación y me propuso pedir permiso al Ministro de Educación para vivir durante las vacaciones de verano en esta escuela. Me parecía una buena propuesta. Fuimos con una carta al Ministerio y conseguimos el permiso. Gracias a Dios y a la directora.

En esta escuela vivía una pareja de edad como cuidadores (me olvidé sus nombres). Ellos tenían una camioneta vieja, me ayudaron a instalarme en el aula del quinto grado. Compré una cama, una mesa con seis sillas –que en mi última visita vi todavía en la casa parroquial– una heladera y otras cositas. Nunca he tenido una habitación tan amplia. El matrimonio Azabal, con sus numerosos hijos, me ayudó, me invitaron a su casa y me hicieron conocer el barrio.

Un terreno estaba ya al nombre del Arzobispado, el patrono “San Pedro” para la parroquia ya existía. No conozco la fecha de la fundación oficial de la nueva parroquia. El P. Pascual Cruz vivía con el P. Santiago Keiner en la casita de las Hermanas del Convento del Divino Amor. Desde allí atendía la inmensa parroquia en que está también el Colegio del Espíritu Santo de las Hermanas misioneras. La rectora de entonces, la Hna. Tarcisia, me recibió muy amablemente y me ayudó dentro de sus posibilidades.

Invité a la gente de la zona para la Misa dominical que celebramos en otra aula de la escuela. Fue un comienzo pequeño como la semilla de mostaza. Encontré una pequeña comunidad de base que el P. Pascual ya atendía, tomé contactos con niños y jóvenes.

Hubo un plano para la construcción de una casa parroquial y de un templo. El arquitecto fue un señor Torres, en la calle Montevideo. Me fui a visitarlo y surgió una cierta amistad. Luego visitó a mi familia en Holanda. “¡Ahora, manos a la obra!”, pensé con coraje y comenzamos con la actual casa parroquial. Salté por la ventana del aula de la escuela, pasé la calle para ver todos los días el avance de la obra. Los albañiles tenían que apurarse porque la casa debía estar habitable a fines de las vacaciones escolares. Pude entrar en la casa, todavía con olor a nuevo, con cal y arena por todos lados. Dejé el aula bien pintada –que gentilmente me habían prestado– con un crucifijo de regalo encima del pizarrón, la familia Azabal me ayudó a pintarlo.

Luego construimos el salón-capilla. La gente comenzó a colaborar y la obra creció material y espiritualmente. Tuve permiso para dar clases de religión en la escuela. Fue un tiempo difícil pero con mucha satisfacción. Las congregaciones de San Arnoldo Janssen están muy presentes en los barrios Parque Liceo y Jorge Newbery.

Teodoro van der Leest svd

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