Llamados a evangelizar

YO ESTOY AQUÍ (15º Domingo B – Marcos 6,7-13 / Amós 7,12-15 / Efesios 1,3-14)

 

El Evangelio de este domingo nos relata la misión que Jesús les da a los discípulos: salir, desinstalarse llevando el Evangelio. Él les da autoridad sobre los espíritus impuros, pero no les da poder sobre las personas, porque lo hace pensando en un mundo más sano, liberado de las cosas que hacen mal, esclavizan y deshumanizan al ser humano. Los envía de dos en dos, porque así se forma la comunidad, sin protagonismos, acompañándose y ayudándose, para ser testimonio y testigos.

Llama la atención que Jesús no está pensando en lo que tienen que llevar para ser eficaces o para ser los mejores, sino que recalca lo que NO tienen que llevar. Les dice que lleven sólo lo indispensable, como caminantes, desinstalados. Con la misma agilidad que tenía Jesús para hacerse presente donde alguien lo necesitaba. Porque así es más fácil llevar consigo lo verdaderamente importante: el Espíritu de Jesús, su Palabra y su autoridad para dignificar la vida de la gente.

Los llama a estar en medio de ellos, cercanos a Dios acercando a Dios a todos, sobre todo, a los más necesitados, quedándose donde los inviten para aliviar el sufrimiento y hacer crecer la libertad y la fraternidad (y sacudiéndose el polvo en donde no los reciban, porque incluso donde los rechacen, donde no piensan ni sientan como ellos, está el prójimo y él puede obrar a su tiempo). Los discípulos empiezan así el tiempo y la misión de la Iglesia, son Iglesia en salida Cuando Jesús envía a sus discípulos, el estilo de vida que les propone es tan desafiante, que pronto las comunidades cristianas lo suavizaron diciendo que es imposible en un mundo como el nuestro.

Pero el mundo que él busca es un mundo más sano, libre, humano y en paz. Si estamos pendientes de los recursos, contactos, ser más capaces, corremos el riesgo de que sea un activismo parroquial (haciendo muchas cosas en su nombre, pero carentes de sentido que moviliza y el Espíritu que inspira). Sólo podemos lograrlo cuando somos capaces de dejar de ser el centro de nuestro universo, ser hombres y mujeres con deseo de servir, sencillos de corazón, que no tengan miedo. Jesús quiere que estemos libres de ataduras, identificados con los últimos, con la confianza puesta totalmente en él, curando a los que sufren y buscando la paz para todos.

Cuando veo que el otro me necesita y que yo también necesito de él, se produce ese encuentro que siempre es de a dos (resulta la fuerza transformadora del Espíritu). Nos envía sin dejarnos intimidar por nuestras debilidades, sino llevándolas porque es parte de nuestra humanidad y nuestra propia necesidad de Dios y del hermano. Nos llama a salir con él, a su modo de ser y hacer (él toma la iniciativa en nuestro corazón y en nuestra vida, y nos precede en el corazón de los demás), y no nos pide a todos que nos vayamos lejos, simplemente nos pide que no nos estanquemos, que no nos quedemos quietos, sino que seamos uno con el otro.

La misión es compartir, es quedarnos cerca, no es sólo ir a misionar, sino ser misioneros. Este anuncio debe llegar a todas y cada una de las personas con las que a diario me cruzo por el camino. Con mi testimonio de alegría y de fidelidad puedo evangelizar y experimentar una felicidad incomparable. Él lo repite, basta un amigo, un bastón y unas sandalias gastadas para adentrarse por los caminos de la vida, anunciando a todos ese cambio que necesitamos para descubrir a Jesús y poder compartirlo con otros.

Como cristianos, todos estamos llamados. No necesitamos nada, sólo que confiemos en Jesús y en la misión que nos encomendó. ¿Estamos dispuestos?

Griselda Quindt
Parroquia San José, Crespo-Entre Ríos

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