Alimento de nuestras vidas

YO ESTOY AQUÍ (20º Domingo B – Juan 6,51-58 / Proverbios 9,1-6 / Efesios 5,15-20)

Sólo se puede tener vida, si se participa de la vida de Jesús. Después del relato de la multiplicación de los panes, el evangelio de Juan continúa con el discurso del pan de vida, que al final se transforma en discurso de la Eucaristía, que es el que leemos hoy.

Jesús se presenta como el pan vivo, bajado del cielo, que da vida por siempre. Jesús agregó: “el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. El término carne designa la realidad humana, con todas sus posibilidades y debilidades. Recordemos que en el prólogo de este evangelio se dice que la Palabra se hizo carne. Observemos que Juan no utiliza el término cuerpo, probablemente porque quiere subrayar la realidad de la encarnación. Carne y sangre expresan la totalidad de la vida. Comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre es participar de la vida divina. Efectivamente, Jesús, enviado del Padre, tiene la vida del Padre; los que comen la carne y beben la sangre de Jesús, tienen la vida de Jesús, que es la vida del Padre. Por eso la vida recibida es eterna.

Se afirma que sólo se puede tener vida si se participa de la vida de Jesús. La comparación con el maná ayuda a subrayar este sentido. El pan de la Eucaristía da la vida por siempre: es el pan salvífico. También habría que tener en cuenta que, así como la carne nos recuerda la encarnación de Jesús, la sangre nos recuerda su muerte en la cruz. Así, participar de la vida de Jesús comporta asumir a fondo la propia humanidad, como hizo Jesús, y, como él, dar la vida por amor. Este misterio de amor y de comunión que brota de la gracia de la eucaristía es toda una invitación que nos hace la Palabra para renovar nuestra fe eucarística.

Ojalá que también nosotros aprendamos a valorar y a vivir con inmensa fe y amor, el misterio de la Eucaristía: que cada santa Misa y Comunión sea como la primera y la última de nuestra vida. Y que acudamos con frecuencia al Santísimo para amar, agradecer, adorar a nuestro Señor, y para pedirle por las necesidades de todo el género humano. El allí nos escucha.

Un hermano jesuita decía: “pase lo que pase en tu vida, que nada ni nadie te aparte de la Eucaristía”. Pidamos esa gracia, que pase lo que pase en nuestras vidas, no haya nada ni nadie que nos aparte de la Eucaristía, único alimento de nuestras vidas.

Stella Maris Haberkorn
Parroquia San José, Crespo-Entre Ríos

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