Misionero en la Isla de Madagascar

Luis Salas SVD

Estoy trabajando ya siete años en la isla de Madagascar, un país que se encuentra situado en el Océano Índico, frente a la costa sudoeste del continente africano, a la altura de Mozambique. Se trata de la cuarta isla más grande del mundo. Allí se habla francés y el idioma malgache. Es una isla de belleza excepcional y un santuario para muchas especies de flora y fauna que no existen en otras latitudes del mundo, como los lemures, cierta variedad de camaleones e infinidad de flores exóticas.

La isla cuenta con 20 millones de habitantes y culturalmente, se dividen en 18 diferentes grupos étnicos. Los verbitas trabajamos en la costa este de la isla, con un grupo étnico que se llaman Atambaoka, en una zona de primer anuncio, can comunidades relativamente nuevas y con pocos años de evangelización. Mi trabajo, en el comienzo fue en una parroquia rural con un vasto territorio. En una parte, era posible desplazarse por caminos de tierra o directamente en embarcaciones por el río, pero hay otra región donde sólo era posible a pie. Primeramente fui vicario en una de estas parroquias rurales y luego con la base de una experiencia que yo traía de Argentina, comencé a dedicarme a la animación de grupos juveniles misioneros en parroquias y colegios. Actualmente soy el responsable diocesano de O.M.P.

Es interesante participar en los ritos del “Sámbatra Tanandava”, una de las tradiciones de uno de los grupos étnicos, que tienen una raíz de sincretismo entre judaísmo y cristianismo. Las festividades se realizan cada siete años y duran todo un mes. Esta celebración rememora los momentos más importantes de la historia y vida de ese pueblo en una teatralización cultural que sirve para trasmitirle a los jóvenes y niños, la cultura de los ancestros.

En el marco de esas celebraciones, se realizan los ritos de circuncisión de los niños. “Sambatra” significa “Bienaventurados” y podríamos decir que es un año de gracia como lo era el año sabático en el judaísmo o el año santo para los católicos. Hasta, dentro de ese período, hay una semana que se denomina, la “Semana Santa”.

Me contabas que el año pasado hubo unos disturbios y que varios adolescentes murieron. ¿Qué sucedió?

Bueno, hay un mito entre los pueblos malgaches acerca del “extranjero”(“Basá”l, que viene para robar chicos. Por eso, hay un miedo ancestral entre los adultos que temen que les roben sus hijos. Hago referencia a esto, porque en los últimos años, hubo algunos casos de desaparición de chicos, que luego fueron encontrados muertos pero desprovistos sorpresivamente de sus órganos como el corazón, los riñones y el hígado. Se sospecha que los responsables fueron traficantes de órganos. Y el año pasado, ocurrió una desgracia durante las celebraciones del Sambatra, justamente por ese temor ancestral al extranjero. Muchos extranjeros asistían al rito y habían llegado en barcas de transporte por el río. No eran europeos sino malgaches de otras regiones de la isla pero que son considerados como “extranjeros”. Llegado el momento, al terminar la fiesta, se corrió la voz de que se había perdido un niño del pueblo. La gente buscaba entonces quien había robado al niño y se pensaba que estaba en una de las barcas que se preparaban para regresar. En un estado de locura colectiva, afectada también por el alcohol, la muchedumbre comenzó a acusar a un joven de una aldea vecina, que había llegado de visita. Lo persiguieron y lo mataron con palos y piedras. Luego descubrieron a sus amigos y también los persiguieron matando a dos muchachos y una chica adolescente que tenían entre 14 y 17 años. La gendarmería tomó cartas en el asunto y vinieron para hacer una encuesta y prevenir una eventual venganza que se estaba preparando entre la población de esas dos aldeas. Los misioneros tuvimos que interceder y ofrecer el salón parroquial para las conversaciones que ayudaron a evitar una nueva matanza. Allí reunimos a los jefes o reyes locales, como ellos los llaman, para dialogar y tranquilizar la situación. Entretanto, los gendarmes lograron identificar a los promotores de los disturbios que fueron encarcelados, aunque todavía no terminó el juicio ni se dictó la sentencia final.

Visitamos también en la otra aldea, a los padres de los chicos que habían sido inútilmente asesinados. Me conmoví al descubrir que eran cristianos y ver en sus hogares imágenes de la Virgen y crucifijos. Aunque mi intención era consolarlos, terminaron dándonos un verdadero ejemplo al ver con qué entereza y fe habían asumido la muerte de sus hijos. Por otro lado, estaban los amigos de esos chicos, también muy doloridos y con resentimientos. Pero uno de los mismos padres supo canalizar muy bien los deseos de venganza y el rencor, brindándoles contención y palabras de sabiduría. Un tiempo después, cuando llegaron las verdaderas celebraciones de la Semana Santa cristiana, fuimos todos al lugar donde habían muerto esos adolescentes y realizamos allí el Vía Crucis. El obispo mismo se hizo eco de los acontecimientos y vino a celebrar con nosotros la misa de Pascua de Resurrección.

¿Por qué suceden estos estallidos de violencia tribal y enfrentamientos entre hermanos? ¿Cómo se explican?

En el trasfondo, está ese miedo ancestral al desconocido. Entonces un simple comentario o sospecha de la desaparición de un chico, que su madre no logra encontrar y que seguramente está mezclado en el tumulto de la gente, como en toda fiesta popular, basta para enardecer a la masa y provocar una matanza. El equilibrio social es algo frágil muchas veces.

Paradójicamente, comenzamos también a sufrir en la ruta el problema de la inseguridad, sobre todo viajando al interior de la diócesis de Manenjare, porque improvisando una barrera con falsos militares, asaltan a los viajantes. Te dejan continuar el viaje pero te despojan de todos los objetos de valor, incluyendo animales o granos. A veces simulan un accidente en la ruta para que te detengas. Estos asaltantes son gente marginal que viene de las ciudades para aprovecharse de los campesinos. Esto obliga a los ómnibus a viajar en grupo en largas caravanas durante el día, nunca de noche.

Paradójicamente, los pueblos malgaches son fundamentalmente pacíficos. En su cultura, no se hacen reclamos ni denuncias, justamente para preservar la paz como un bien mayor a todo el resto. Ellos lo llaman “Fiavánana” y es ese deseo de buscar siempre y en todo caso la reconciliación para no romper la relación entre familias o aldeas. Ante esos brotes de violencia, nuestro rol es muchas veces, el de intermediario, para ayudar a resolver esos conflictos de forma madura y cristiana.

Primero se trata de desarrollar una pastoral del acercamiento y de la escucha, buscando siempre el “Fiavánana” o la paz entre las comunidades. Hay progresos, aunque se dan lentamente. La condición indispensable es estar siempre bien empapado en la cultura del lugar, estar en diálogo con ella y apoyarse evidentemente en la oración.

Entrevistó: Mario Olea SVD

(Fuente: “Misiones en el Mundo” Nº 75)

Marcar el Enlace permanente.

2 Respuestas a Misionero en la Isla de Madagascar

  1. Arturo Sajama dice:

    Que buena la nota… un saludo al padre que lo pude conocer personalmente, es uno de los misioneros que sabe como anunciar al maestro…

  2. Gloria dice:

    Mil felicitaciones por las obras que hacen, seguramente serán recompensadas al 100 por ciento por su entrega desinteresada. El buen Dios está feliz por toda la obra que realizan en aquel lugar tan apartado. Muchas bendiciones para todo ustedes desde Jujuy.

Dejar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.