Laicos y Verbitas, socios de la misión

Algunas reflexiones acerca de la “Misión Compartida”
Por Luis Liberti SVD

La eclesiología impulsada por el Concilio Vaticano II

La eclesiología proyectada por el Vaticano II a partir de la Constitución Lumen Gentium engloba a todos los bautizados (laicos, jerarquía y vida consagrada) en un único Pueblo de Dios. Todos compartimos en la Iglesia la vida y la misión de Dios desde diversos estados o formas de vida, y dentro de estos estados de vida con diversos dones, carismas y ministerios mediante los cuales proseguimos el anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo.

Por lo mismo, al hablar de misión compartida tendríamos que entenderla como la única misión que comparte el Pueblo de Dios. Desde la más antigua tradición de la Iglesia esto ha quedado significado y sacralizado en el Bautismo, uno de los sacramentos mayores. El Bautismo nos convierte en sacerdotes, profetas y servidores de la vida y de misión de Dios mientras peregrinamos en la tierra.

Algunos ítems de la eclesiología de comunión en la SVD

Dentro de la reflexión suscitada por el post Concilio Vaticano II,  nuestra Congregación ha sido permeable a la “eclesiología de comunión”, la cual queda plasmada en nuestras Constituciones y Declaraciones de Capítulos Generales. Al respecto, entre muchos otros, quisiera destacar algunos ítems. Leemos en nuestras Constituciones: “Desde el comienzo tratamos de que las comunidades cristianas lleguen a su madurez. Pero el Evangelio no puede arraigar en un pueblo si no se da la activa participación de los laicos quienes, a un tiempo, son miembros en plenitud del Pueblo de Dios y ciudadanos de su propio pueblo. Imbuidos del Espíritu de Cristo, ellos son aquella levadura que debe transformar desde dentro las realidades temporales, de modo que se estructuren más y más según Cristo. Nuestro propósito es impulsarlos, por todos los medios, a que colaboren activamente y asuman responsabilidades” (109).

En septiembre de 1986, a fin de afianzar y fortalecer lo explicitado en la Constitución SVD 109, el Generalato SVD, como un incentivo para que promovamos al laicado en la vida de la Iglesia y para que le procuremos caminos de participación en nuestros compromisos apostólicos de la Congregación publicó una reflexión titulada “El rol de los laicos y nuestra tarea misionera”. Entre otras consideraciones, el documento mirando hacia el futuro y considerando la intervinculación de la vocación y misión laical con la SVD se abre a los desafíos que incluyen a la justicia y paz en el mundo, la presencia en los medios de comunicación social, la pastoral juvenil y la diversidad de vocaciones para el servicio del Reino de Dios. El documento reconoce y valora la vocación y los talentos de los laicos en la obra evangelizadora de la Iglesia y en la Congregación e impulsa a potenciarlos.

También el XV° Capítulo General del año 2000 se expresa en consonancia con nuestras Constituciones, al recomendar: “El rol cada vez más destacado y activo de los laicos en la Iglesia representa un desarrollo positivo. Debemos ser sinceros y humildes al reflexionar sobre nuestra relación con los laicos y la calidad de nuestra colaboración con toda persona de buena voluntad. Donde sea posible, los laicos deberían ser invitados a responsabilizarse de cargos directivos no reservados necesariamente al personal verbita en las instituciones de nuestras provincias y regiones. De buena gana queremos compartir nuestra espiritualidad con las personas con quienes trabajamos, particularmente con aquellos que se han asociado más estrechamente a nuestra misión” (95).

En el último Capítulo General del año 2006 se recomienda la participación y colaboración con los laicos en los siguientes términos: “Que los Misioneros del Verbo Divino apoyemos y fortalezcamos los proyectos de colaboración con los laicos ya existentes en las diferentes provincias, regiones, sub-zonas y zonas, y que promovamos tales proyectos donde no existan aún.

Que donde sea posible la Congregación promueva la participación del laicado en sesiones pertinentes de nuestras asambleas y capítulos provinciales (en línea con nuestros Estatutos para capítulos), en la formación inicial y permanente, en la administración SVD y en nuestro trabajo misionero ad gentes” (Recomendación n° 3).

En diciembre de 2008 el Superior General editó un nuevo texto dedicado a la colaboración misionera SVD – laicado. El mismo es una respuesta a la recomendación n° 3 del XXVI Capítulo General, anteriormente señalada.

Entre otras consideraciones el P. Antonio Pernia expresa: “puede que necesitemos mirar más de cerca la cuestión de cómo poder ayudar a que haya una expresión o actualización laical del carisma de nuestro Fundador. (…) ¿Hay también una expresión laical del mismo carisma? Si la hay, ¿de qué forma debería ser actualizada? Una prueba crucial de la vitalidad de una crisma particular es si ese carisma puede tener éxito en atraer a los laicos de hoy día. De hecho, se dice que la Iglesia del futuro será una Iglesia predominantemente laical. En este contexto, la colaboración de los laicos se convierte en algo crucial”.

La “Misión compartida” un signo de los tiempos del post Concilio Vaticano II

Hecha esta aclaración la acepción “Misión compartida” ha ganado terreno especialmente en el nuevo estilo de interpretar la vinculación entre el laicado y la vida consagrada. La “Misión Compartida” podemos reconocerla como una interpretación de los Decretos sobre la Renovación de la Vida Religiosa y sobre el Apostolado de los Laicos del Concilio Vaticano II. Es uno de los signos de los tiempos abiertos en el post Concilio.

En este ámbito la entendemos como un modo de “compartir” entre consagrados y laicos un carisma fundacional. Comprendemos que el carisma es irradiativo y puede/debe impregnar a todo el Pueblo de Dios. Así la “Misión Compartida” es (antes que nada y por sobre todo), la identificación con un carisma fundacional entre estados de vida laical y consagrada. No implica sólo el hacer sino además el estilo desde la cual los laicos y los consagrados viven y comparten el carisma fundacional.

Sintetizando, la “Misión Compartida” es comunión de identidades (laical y consagrada) con un carisma dentro de una eclesiología de comunión y participación. Laicos y consagrados se identifican y reconocen “diversos” en comunión y corresponsabilidad. Comunión que brota particularmente de la opción por un carisma en bien de la Iglesia y de la sociedad toda. Comunión sin pérdida de identidades.

“Solamente una relación de reciprocidad y de complementariedad hace creíble y eficaz tanto la identidad laica, como la identidad de los religiosos. Los laicos que viven en profundidad el Carisma y la Espiritualidad de la Congregación y que participen de su Obra y de su Misión, lo deben hacer de una manera específicamente laica. Los lazos entre las diversas vocaciones deben ser más conocidos, recordándonos que la vida consagrada y la vida laical se enriquecen recíprocamente dando y recibiendo una de la otra”.[1]

Los Misioneros del Verbo Divino estamos invitados a compartir la Missio Dei y lo hacemos en un mundo cambiante y plural con el que el Concilio ha querido entrar en diálogo, el que desborda los estados de vida, entendidos como compartimentos estancos, revitaliza y replantea su identidad y sentido, y sitúa en un horizonte común que renueva y siembra esperanza en los llamados por Jesús a seguirlo y trabajar por su reino, desde la nueva vida que brota del bautismo. Una misión que hace nacer nuevas formas de vida, alentadas por el Espíritu Santo, siempre nuevo y creativo en su Iglesia, más allá de aquéllas que habíamos conocido hasta el presente.

A esta novedad nos abre la misión compartida, y en ella juegan un papel extraordinariamente importante los llamados a vivir la vocación cristiana desde su condición laical. Nos situamos ante una realidad en crecimiento, donde la vida va por delante de la reflexión. Se trata de una nueva oportunidad de renovación de la vida eclesial y de ser un signo más nítido de que somos capaces de vibrar y volcar nuestras fuerzas al servicio del Reino más allá de nuestros particularismos y diferencias. Hoy es la voz de Cristo la que apremia: “¡Qué todos sean uno!”. Especialmente aquellos que desean contagiar la fe, revelar el rostro del Padre, anunciar la fuerza de su amor, convocar a la misericordia y a la compasión con todas las criaturas e invitar a la experiencia del encuentro con semejante Dios, que pese a su infinitud y a su anhelo de comunión con toda criatura, con todo su pueblo, permanece en un discreto silencio, haciendo más denso y abismal el misterio de la libertad humana”.[2]

La “Misión Compartida” desde la perspectiva laical

La identidad de la Misión Compartida que brevemente intento esbozar se puede traducir desde la perspectiva laical en diversos horizontes que no quieren ser exhaustivos ni excluyentes. Propongo tres. No son de mi cosecha. Los plantea el Hno. Fernando Kuhn cmf. El primero nace por la vinculación laboral dentro de alguna estructura de la Congregación. Se asimila a los fieles que “asisten” a un servicio litúrgico o pastoral de la Iglesia sin mediar otra apetencia que la de satisfacer alguna necesidad. Es un primer horizonte en el cual se nuclean muchos laicos que así participan del carisma misionero de San Arnoldo Janssen.

Un segundo horizonte podríamos ubicarlo con aquellos laicos que asumen un cierto voluntariado en las Parroquias, Colegios u otros espacios SVD. Son los que se integran a algún equipo de servicio social, pastoral, educativo…, con el afán de dar un cierto plus que aporta pertenencia y sentido a ellos y al grupo/comunidad de referencia.

Un tercer horizonte lo integrarían los “que se ponen la camiseta del equipo” y no sólo prestan un servicio, sino que se integran solidariamente con sentido de pertenencia a la espiritualidad trinitaria-misionera, sobre la cual San Arnoldo Janssen bosquejó a nuestra Congregación. Son los que asumen coordinaciones, o son los gestores de grupos humanos/comunitarios más amplios y complejos.

Cada uno y todos estos “horizontes” requieren de una apropiada formación permanente a fin de potenciar, incrementar y recrear los dones y carismas peculiares para desplegar la misión compartida.  Cada uno de ellos es valioso y tiene su propio matiz. También cada uno colabora a la manera de los “miembros de un mismo cuerpo” en la Missio Dei. Unos y otros se entrelazan y vinculan. Los horizontes descritos tendríamos que verlos en forma circular y concéntrica, no como estratos separados,  ya que pueden combinarse y potenciarse mutuamente. La espiritualidad trinitaria-misionera tendría que vincularlos transversalmente y convertirse en la chispa de una constante conversión misionera.

Por lo señalado no podemos englobar en un único y mismo horizonte a todos los laicos que se vinculan con la Congregación y sus obras. Los perfiles individuales son diferenciados, las solicitudes de vinculación o los niveles de compromiso apostólico diversificados, lo que complejiza un programa de  formación y la definición del vínculo jurídico.

¿Qué se comparte en la misión compartida?

Valga la redundancia, ¿qué se comparte en la misión compartida? Es obvio que se comparte una misión, la que nace, se nutre y fructifica desde una espiritualidad trinitaria-misionera. Así se entiende que “Misión compartida” es compartir una misión como:

Ideal: identificarse con una visión, asumir e integrar un ideal: “Viva Dios Uno y Trino en los corazones de toda la humanidad”.

Proyecto: participando –desde  alguno de los horizontes antes señalados– en el proyecto misionero de la Congregación.

Vivencia: poner en común la vida para realizar el Proyecto.

Compromiso específico: desde los laicos comprometiendo sus cualidades, carismas y dones personales, su profesionalidad, la experiencia de la vida secular (familiar, social,…). Desde los religiosos misioneros SVD comprometiendo sus cualidades, carismas y dones personales, el testimonio evangélico, la formación en la línea del carisma fundacional, el patrimonio humano y material.

Como toda novedad, la “Misión Compartida” genera dificultades y oportunidades. Nuevamente sin ser exhaustivos, entre las primeras: algunos integrantes de la Congregación sienten que “ahora mandan los laicos” y entre los mismos laicos falta la credibilidad o confianza. Es más sencillo recibir directivas del religioso, que de un par laico. Otra dificultad es la escasa presencia de religiosos en las obras. Además unos y otros tenemos interpretaciones diferentes de la misión. El tema económico también puede generar divergencias y desencuentros. La asignación de responsabilidades puede ser arbitraria u oportunista. Los laicos pueden tener poco conocimiento del carisma fundacional y por lo mismo pueden sentirse desubicados en determinados hechos o actitudes. Etcétera.

Entre otras oportunidades señalo la solidaridad con el carisma, la implementación de una eclesiología de comunión y participación, la apertura a los signos de los tiempos, la corresponsabilidad en la formación permanente, etcétera.

“Para que la participación de los laicos sea realmente efectiva deben existir instancias  de  formación. No sería realista intentar participar de un Carisma, con todo lo que eso implica, sin una formación adecuada. La buena intención del candidato no es suficiente para obtener el sentido de pertenencia al Instituto”.[3] Esta inquietud por la “formación en la misión compartida” será un desafío para los Verbitas y los laicos, a fin de que ellos también se conviertan en formadores de otros laicos.

Relación interpersonal y de la colaboración recíproca para la misión

Concluyendo, la rápida y en ocasiones contradictoria evolución de nuestro tiempo suscita desafíos que interpelan a la misión. Ellos inducen a encontrar respuestas adecuadas no sólo a nivel de los contenidos y de los métodos evangelizadores, sino también a nivel de la experiencia comunitaria que se identifica con la Trinidad y de la cual nace la misión. La “Misión Compartida” puede convertirse en un modo mediante el cual los consagrados y los laicos participamos del designio de salvación de Dios para toda la humanidad.

Nos recuerda la Constitución SVD n° 101: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (v. 1 Tim 2,4-5). Por eso envió a su Hijo para redimir a todos y hacer de todos los pueblos el único Pueblo de Dios, en el Espíritu. Mediante nuestro servicio misional cooperamos a que sean congregados los hijos de Dios dispersos (v. Jn 11,52), apresurando la hora en que todos los hombres adorarán al Padre en espíritu y en verdad (v. Jn 4,23). Así es como promovemos el verdadero progreso de los hombres, marchamos al encuentro del Señor que viene, y preparamos su manifestación gloriosa y la consumación de toda la creación en Cristo”.

El proyecto misionero en “Misión Compartida” sólo será convincente si es realizado por personas profundamente motivadas, en cuanto testigos de un encuentro vivo con Cristo, en el que “el misterio del hombre solo se esclarece” (Gaudium et spes 22). Personas que se reconocen, por tanto, en la adhesión personal y comunitaria al Señor, asumiéndolo como fundamento y referencia constante de la relación interpersonal y de la colaboración recíproca para la misión desde la perspectiva del polifacético “diálogo profético”.[4]

Quisiera concluir con las mismas palabras del P. Antonio Pernia: “La asociación o colaboración con los laicos hoy no es sólo una frase bonita. Creo que es lo que nos preparará para desempeñar apropiadamente nuestro papel en la Iglesia del mañana.” (En diálogo con el Verbo n°8, diciembre 2008, pág. 7).

Luis O. Liberti svd


[1] Marita Navarro, La misión compartida en nuestros colegios misericordistas.

[2] Rafael Iglesias sm, “Misión compartida. Desafío y esperanza para la vida de la Iglesia”, en  Mundo Marianista 5 (2007) 221-248.221, (en línea)  (consultada: 17 de agosto de 2010).

[3] Marita Navarro, La misión compartida en nuestros colegios misericordistas.

[4] Cf. Congregación para la Educación Católica, Educar juntos en la escuela católica. Misión compartida de personas consagradas y fieles laicos n° 4.

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2 Respuestas a Laicos y Verbitas, socios de la misión

  1. Elba Paez dice:

    En acompñamiento espiritual, senti el llamado de vivir como laica consagrada en mision compartida.

  2. Daniel Pettinati dice:

    En este tiempo el “anuncio” exige cada vez más una voz en el desierto gritando la Venida del Cordero. El hombre, aunque no parezca, está sediento de Amor. Creo que es propicio el momento que todos aquellos que formamos la Iglesia que Jesús fundó, debemos ser esa voz en el desierto. Religiosos, sacerdotes y laicos, no podemos callar. No puede haber una sola alma sin conocer a Cristo.

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