Primer aniversario de la Diócesis de Oberá

Monseñor Víctor Arenhardt

El 15 de agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Se ignora el día en que murió María, tal vez fue en Éfeso o Jerusalén. Se cree que fue 57 años después del nacimiento de Jesús y a los 23 de su Pasión, siendo la edad de la Virgen, alrededor de 72 años. Se ha discutido mucho si murió realmente o fue el suyo una especie de sueño de amor divino. En los primeros siglos del cristianismo se lo llamaba dormición de Santa María, y la Iglesia oriental celebraba su tránsito el 18 de enero. El emperador Mauricio, en el siglo VI, trasladó su fiesta al 15 de agosto.

Hoy, sus hijos nos alegramos porque Dios no permitió la corrupción corporal de María y, al finalizar su vida entre nosotros, la elevó al cielo en cuerpo y alma. Así, Dios asoció a la Inmaculada Virgen María al triunfo de la resurrección de su Hijo Jesús. Sólo la que es “Madre de Dios”, corredentora, “llena de gracia”, junto a su Hijo Jesucristo pudo vencer a la muerte, pues su cuerpo no podía corromperse en el sepulcro. Su gracia es mayor que la de todos los santos juntos.

El dogma de la asunción de María fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950. Éste expresa que “la inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

La Asunción es la victoria de la integridad humana, pues, lejos de humillar el cuerpo, Dios lo asume en su gloria. Y en la Asunción nos invita a considerar de modo luminoso a qué excelso fin están destinados nuestros cuerpos y todo nuestro ser.

Esto celebrábamos el 15 de agosto del año pasado. Y, como si fuera poco, veíamos realizado en el Parque de las Naciones, el anhelo tan esperado que concretaba el nacimiento de nuestra querida Diócesis de Oberá: la Ordenación Episcopal de nuestro primer obispo, el primer obispo misionero, nacido en Campo Grande, Monseñor Víctor Selvino Arenhardt.

Unas seis mil personas asistieron a la celebración de la ordenación episcopal y la toma de posesión como su primer obispo de la diócesis de Oberá, erigida por Benedicto XVI el 13 de junio de 2009 y que comprende los departamentos de Cainguás, Oberá, San Javier y 25 de Mayo, desmembrados de la diócesis de Posadas, y el departamento Guaraní, desmembrado de la diócesis de Puerto Iguazú.

La celebración, se realizó con el lema del nuevo obispo: “Fe, Obediencia y Servicio”.

Antes de finalizar la misa, el flamante obispo se presentó ante pueblo, de quienes recibió un cálido aplauso, que parecía no terminar. De esta manera, se hizo sentir en el lugar una inmensa alegría que duró hasta el final de este acontecimiento histórico para la provincia de Misiones.

Luego, Monseñor Víctor dijo: “¡Qué linda fiesta!” Y dirigió unas palabras de agradecimiento a todo el pueblo presente. Además, ese día expresaba: “Pero sobre todo, muy por encima de todo, mi más profunda gratitud al Señor, porque en definitiva esta fiesta es obra Suya, ha sido Él quien ha querido que haya una tercera diócesis en esta provincia; y por eso un obispo más: y… bueno… me tocó a mí… antes que ustedes debo creer yo…

Cuando veía llegar esto, confieso sinceramente, me resistí. Pero ya está: las cosas del Señor cuando llegan sobrepasan cualquier resistencia y no admiten retorno… y aquí está la nueva diócesis y su gente… hoy me toca ser su obispo y les digo de corazón que para mí no es un merecimiento, una recompensa u honor… sino, simplemente, un nuevo llamado y un envío del Señor y de la Iglesia para que, con corazón de discípulo, pueda anunciarles el mensaje del Señor Resucitado que nos ama y quiere compartir su vida con cada uno: niños, ancianos, jóvenes, enfermos, desocupados, excluidos, minusválidos, presos, aborígenes, obreros rurales, agricultores, chacareros, etc… y ayudarles a descubrir la infinita riqueza del Amor del Padre que nos quiere como hijos y nos llama a vivir como hermanos entre nosotros para formar esa gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia, la que queremos que sea casa y escuela de comunión para que nos contenga a todos… Estaré junto a ustedes y podrán contar conmigo…

Creceremos al ritmo de la Semilla de mostaza o de la levadura en la masa, no buscando protagonismos a los ojos del mundo. ¡No!, sino confiando en la Gracia y la fuerza del Espíritu Santo y sabiendo que aún con la pobreza de recursos, el Reino florece en la sencillez de lo cotidiano. Confiemos en el poder inquebrantable de la Fe, obedezcamos lo que el Señor y la Iglesia nos mandan… y sirvamos desde la Fe para hacer un mundo mejor”.

Y de esta manera consagraba su trabajo pastoral y a la nueva Diócesis:

“…Todo al amparo de María de la Asunción del Acaraguá y Mbororé, cuya imagen ya estuvo visitando los montes de la costa del Uruguay desde 1628 y con la intercesión y protección de San Antonio de Padua, el Patrono a prueba de fuego”.

¡Con cuánta alegría y con cuánta gratitud recibíamos este mensaje y vivíamos estos acontecimientos!

Y así caminó nuestra diócesis, lentamente, al ritmo de la semilla que se abre paso a la vida e intenta desarrollarse y dar fruto. Y Monseñor Víctor siempre estuvo ahí cuando lo necesitamos…

¿Quién podría imaginar que tan sólo nueve meses después el Señor lo llamaría a encontrarse con Él? ¿Cómo explicar lo que significó despertarse la madrugada del 18 de mayo de 2010 con la noticia que sacudió no sólo a nuestra Diócesis, sino a toda la Provincia de Misiones y a toda la Iglesia: “Estamos de luto… ha muerto nuestro Pastor…”?

“El obispo de Oberá, monseñor Víctor Selvino Arenhardt, y el canciller de la curia diocesana, presbítero Hugo Oscar Staciuk, murieron en un accidente automovilístico al chocar el vehículo en el que viajaban por la ruta nacional 12. El accidente mortal se produjo anoche (17 de mayo), aproximadamente a las 23 hs…” Se leía en los periódicos.

“Iglesia de Oberá, tan pronto y de un modo tan repentino te ha tocado llorar la partida de tu Padre y Pastor. Es como si de veras el sol se hubiera eclipsado (cf. Lc 23,44) –como acabamos de escuchar en el Evangelio– y la oscuridad de la muerte nos estuviera envolviendo con su manto de soledad y desamparo. Recién nacida, pequeña y amada Iglesia, no has alcanzado a cumplir un año de vida y el Señor te sorprendió con la repentina muerte de estos dos queridos hermanos nuestros. Compartimos con todos ustedes, pero muy especialmente con los sacerdotes, esa orfandad que siente un niño cuando pierde a sus padres”, expresaba Monseñor Andrés Stanovnik, arzobispo de Corrientes, en la misa de exequias, y luego nos exhortaba: “Hoy la diócesis de Oberá, acompañada fraternalmente por las nueve diócesis del NEA… siente muy hondo la partida de su primer Pastor. Monseñor Víctor quiso que su ministerio episcopal, breve por cierto, pero vivido intensamente, estuviera inspirado por el lema: fe, obediencia y servicio. En esas tres palabras, tan fáciles de recordar, nuestro Hermano dejó un mensaje tan inesperado como providencial: en la fe y la obediencia encontrarán el camino seguro para vivir con libertad y plenitud el servicio al prójimo. En esas palabras –fe, obediencia y servicio–, la Iglesia de Oberá tiene, en cierto modo, una consigna clara y un sostén seguro para orientar con serenidad y confianza sus próximos pasos”.

Y no faltaron los saludos, los homenajes y reconocimientos que llegaron desde todos los sectores de la Iglesia y la sociedad. Ni siquiera nuestros hermanos separados quisieron dejar de emitir su homenaje y la acción de gracias a Dios por el don maravilloso de su vida.

El Padre Martín Dolzani ssp citó a Monseñor Víctor como modelo de vida sacerdotal: “A poco menos de un mes de concluir el Año Sacerdotal, recibimos la trágica noticia de la muerte de monseñor Víctor Arenhardt, primer obispo de la diócesis de Oberá, provincia de Misiones. Resaltamos hoy su persona sencilla y cercana a la gente, sus treinta y tres años como sacerdote, y sus nueve meses como obispo preocupado por organizar una nueva diócesis argentina. Monseñor Víctor nos deja una luz que no podemos apagar… Lo necesitamos en estos tiempos, en los cuales se precisan modelos que hagan creíble el Evangelio y se recuperen los valores cristianos perdidos, en nuestra sociedad”.

Subrayó tres puntos de su fecunda vida sacerdotal:

Su llamado sacerdotal y episcopal, como una Gracia de Dios. Luego de su designación episcopal revelaba: “nunca busqué, ni soñé” con ser obispo. “Siempre quise ser un cura de pueblo, ocuparme de la pastoral rural, pero nunca pude serlo”. Señalaba que entendía que el cargo superaba sus posibilidades, “algo que otros no creyeron, y bueno aquí estamos. Yo confío en la Iglesia y creo que todo esto tiene que ver con la gracia de Dios”.

Su prioridad como obispo fue la Evangelización de las 260 mil personas que integran la Diócesis de Oberá, provincia de Misiones. En sus nueve meses de obispado, visitó todo su territorio, parroquias y capillas. Trató de acompañar a todos, especialmente que los jóvenes e indígenas no emigraran masivamente a las ciudades, perdiendo parte de sus costumbres y de sus tradiciones. Nunca descuidó su labor ecuménica y eclesial. La muerte lo sorprendió luego de celebrar los cuarenta años como sacerdote de monseñor Marcelo Martorell.

Ser solidario es más importante que dejar de comer carne. Antes de ser nombrado obispo, le preguntaban sobre el tema del ayuno, y él advertía que “se hizo costumbre no consumir carnes rojas y reemplazarlas por la del pescado. Pero si la carne de pescado es más cara, qué sentido tiene… hace varios años, el Obispo instituyó la colecta del uno por ciento para asistir a familias con necesidades básicas. Y, por ejemplo, colaborar con esta colecta va a ser mucho más valioso que dejar de comer carne, porque se estará practicando una acción solidaria, de ayuda al necesitado”.

Estas tres facetas de su ministerio: elección gratuita, prioridad pastoral y su respuesta a los problemas concretos de la gente, seguramente marcan la vida sacerdotal entregada con amor y generosidad.

Luego de tan sentida pérdida, Monseñor Andrés Stanovnik fue nombrado Administrador Apostólico de la Diócesis y solicitó que siguiéramos trabajando y, sobre todo, que comencemos a orar pidiendo al Señor que nos envíe un nuevo Pastor. Fue así que surgió la oración que se distribuyó a todas las parroquias de la Diócesis para que oremos en comunión.

Muchos han preguntado quienes son los santos a los que nos encomendamos y por quienes pedimos intercesión. Ellos son:

Nuestra Señora de la Asunción de Acaraguá y Mbororé
En la ciudad de La Cruz (Corrientes), se venera la bendita imagen, tallada en madera, de la “Virgen María que Sube a los Cielos”, de las antiguas misiones jesuíticas de Acaraguá y Mbororé, fundada por el Padre Cristóbal Altamirano en el año 1630. Esta reducción estuvo asentada primeramente al margen del Río Uruguay, en la actual provincia de Misiones, cerca de la desembocadura del río llamado entonces Acaraguá y cerca del arroyo Mbororé. Corría el año 1641 cuando se libró la batalla de Mbororé, que fue decisiva para conservar las misiones frente a los devastadores ataques paulistas que reclutaban esclavos entre los pobladores y destruían sus viviendas que hasta entonces eran vulnerables por las características de su construcción. La victoria fue atribuida a la Santa Patrona y por tal motivo tallaron la imagen de la Santísima Virgen con el título de Nuestra Señora de la Asunción de Acaraguá y Mbororé, que se conserva en la Iglesia Parroquial de La Cruz. La gran devoción a la Santa Patrona, produjo muchas conversiones entre los nativos. En el Museo Parroquial se conserva un armario histórico, tallado a cuchillo, en donde se cree se guardó la Imagen durante los ataques bandeirantes, salvándola de la destrucción y del robo.

A su protección Monseñor Víctor encomendó nuestra Diócesis de Oberá y a ella encomendamos que presente a la Santísima Trinidad nuestra oración pidiendo un nuevo pastor.

San Antonio de Padua
Se llamaba Fernando Bullones. Nació en Lisboa, Portugal, en 1195, en una familia noble. Muy joven ingresó a la orden de San Agustín, pero más tarde su corazón fue conquistado por el estilo de vida propuesto por San Francisco de Asís, que comenzaba a ser famoso. Allí cambió su nombre por el de Antonio en honor a San Antonio abad, por quien tenía una gran devoción. San Francisco al conocerlo le dijo que su oficio es el de “predicador”. Así recorrió aldeas y ciudades innumerables. Su prédica encendida movía los corazones y arrebataba las voluntades. Su palabra convertía a la multitud que iba tras él. Incitado por San Francisco fue a África a reevangelizar pacíficamente este territorio dominado por los musulmanes. Pero por el exceso de trabajo se enfermó y, regresando a España, su barco se desvió debido a una tempestad, hacia Italia. Allí predicó la Palabra del Señor y luego se dirigió a Francia. Se estableció definitivamente en Padua, Italia. Rezando con los frailes que lo acompañaban, Antonio entregó su espíritu el 13 de junio de 1231. EL Papa Gregorio IX lo canonizó al año siguiente, pues su predicación fue acompañada de muchos milagros durante su vida terrena. En sus sermones siempre brilló una sabiduría profunda y clara; por este motivo Pío XII lo proclamó Doctor de la Iglesia. Fue un evangelizador incansable y los ecos de su llamado a la conversión resuenan hasta el día de hoy en toda la Iglesia. Monseñor Víctor lo llamó: el “Patrono a prueba de fuego”.

Santo Toribio de Mogrovejo
Nació en Mayorga, España, en 1538. Estudió en Valladolid y Salamanca. Tenía 40 años cuando por pedido de Felipe II, el Papa Gregorio XIII lo nombró arzobispo de Lima (Perú), adonde llegó en 1581. Siguiendo el programa del Concilio de Trento, celebró varios sínodos, corrigiendo las costumbres de laicos y clérigos y organizando tareas misionales. Durante muchos años las sabias disposiciones de Toribio rigieron en las diócesis de América hispana. Amó a sus feligreses. Instruyó a los aborígenes en su propia lengua y fue un apóstol y misionero incansable. Durante 16 años recorrió alrededor de 40.000 Km. Murió el 23 de marzo de 1606 y fue beatificado por Benedicto XII en 1726. Juan Pablo II lo declaró “Patrono y modelo” de los obispos latinoamericanos. Por eso, imploramos su intercesión pidiendo un nuevo Obispo para nuestra Diócesis.

QUERIDA DIÓCESIS DE OBERÁ: ¡FELIZ PRIMER ANIVERSARIO!

Luis Pizzutti SVD

___________________
Fuente: Boletín de la “Parroquia Cristo Rey” Nº 57 (Oberá-Misiones)

Etiquetado .Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Comentarios cerrados.