Jesucristo: luz que se revela a las naciones

(Lc 2,32)

El día 6 de enero se celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor, que traducida quiere decir “manifestación” o “revelación”. Pero, ¿quién se manifestó? Nada menos que el Verbo Eterno, Salvador de todos los hombres.

Y ¿quiénes le hicieron caso a esta noticia fundamental de la historia humana? Los analfabetos y rudos pastores y más adelante los extranjeros que son mencionados como “reyes”, “magos” o “astrólogos”. Probablemente detectaban esos títulos. Escucharon la voz del Espíritu que los animaba a desinstalarse de sus comodidades, lugares, rutinas diarias para ir a buscar un “desconocido” que les conocía desde toda la eternidad.

¿Y dónde estaban metidos los grandes señores de aquel momento? El gobernador de esta pequeña provincia romana, Judea; el “tetrarca” que piloteaba, como lo dice su título, la “cuata parte” de esa “torta” tan codiciada que era la media luna fértil de la Mesopotamia…

Al mirar la “figura de este mundo que pasa”, da la impresión de que muchos ni siquiera están enterados de esta “Gran Noticia”, fundamental para toda la humanidad.

Los de la sociedad de consumo, los traficantes de la vida inocente, los de la red mafiosa que amasan fortunas con la droga y destruyen una niñez y juventud que debería ser el futuro de la humanidad, fabrican su propia “navidad” a contramano.

Sí. Los Poncio Pilato, Herodes, Anás y Caifás, Judas y otros “congéneres” parecidos siguen “vivitos y coleando”.

No obstante este panorama tan oscuro que el “Padre de la Mentira” auspicia y propicia con todas sus huestes, no podemos ignorar lo que nos enseña la fe cristiana de que el Verbo, que es la Luz del mundo y el Espíritu que es fuego que consume la historia con toda su basura de iniquidad están presentes a lo largo y a lo ancho de toda la humanidad para que todo hombre de buena voluntad abra su corazón a la acción salvífica del Niño de Belén.

El evangelista San Mateo en el capítulo 2º se dedica a presentar a los “Reyes Magos”, sin importarle mucho la historicidad de este hecho, pero sí está en su Evangelio, que fue escrito y dirigido a los cristianos provenientes del judaísmo, para hacerles comprender que este hecho revela el cumplimiento de varios textos del Antiguo Testamento que muchos israelitas no querían comprender y aceptar. Es una clara sugerencia de que hay que releer los textos del Antiguo Testamento.

Es muy probable que los Magos fueran sacerdotes muy respetados de la religión de Zoroastro, que también eran astrólogos y adivinos. Y este relato de Mateo nos muestra que hay otras religiones que no son las de la Biblia. Y los que deberían abrir sus mentes y corazones para descubrir y aceptar el mensaje de Dios están en otra cosa, no sintonizan con el mensaje de Dios. En cambio, el mismo Dios hace partícipes de esa buena noticia a sus amigos que están lejos del pueblo elegido.

La Solemnidad de la Epifanía, más allá del aspecto folclórico de los niños que ponen los zapatitos en la ventana, con el peligro de que se los roben, y no reciban ningún regalo, ha perdido su verdadero sentido de ser una celebración esencialmente misionera.

Pero, el Salvador de los hombres al concluir su misión en el tiempo e historia de este mundo, al despedirse de sus Apóstoles, les dejó un encargo y una tarea bien concreta: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt.28,18-20).

Esta es la tarea esencial de toda la Iglesia y de cada cristiano. Y los reyes magos que vinieron al pesebre de Belén son la primicia y el punto de partida de esta obra iniciada en la encarnación del Verbo Eterno.

Los Apóstoles iluminados y fortalecidos con el don del Espíritu Santo que Cristo nos ha merecido y regalado, iniciaron esta ciclópea tarea y no se detuvieron ni amedrentaron frente a la demoledora fuerza del Imperio Romano. Y los misioneros de todos los tiempos, gracias a la fuerza del Espíritu, fueron arrasando a los demás imperios de turno.

Al decir Apóstoles, no podemos quedarnos con los 12 que conocieron a Jesús en persona. Lucas nos presenta en el libro de los “Hechos de los Apóstoles” la gran obra del 13º apóstol, San Pablo, que en sus cuatro viajes, no precisamente de turismo, evangelizó todo el Asia Menor y concluyó su carrera en la capital del Imperio: Roma. Sería de sumo provecho releer la Carta a los Gálatas.

El genial evangelista greco-judío presentó las señeras figuras de los apóstoles por antonomasia, Pedro y Pablo, que, por supuesto, no hubieran logrado nada sino fuera por la presencia y la acción del Paráclito Divino. Y por eso, no sin razón, se dice que el libro de los Hechos de los Apóstoles es el “Evangelio del Espíritu Santo”.

Todos los apóstoles, además de predicar incansablemente el Evangelio de Jesucristo, fundaron comunidades misioneras y dieron el testimonio de lo que predicaban derramando su sangre como lo hizo el Divino Maestro.

Sólo Dios sabe las inmensas dificultades que tuvieron todos los misioneros de todos los tiempos, por las insidias nefastas del “Padre de la Mentira”. Pero la Iglesia guiada por el Espíritu del Señor de la Historia nunca ha cejado de anunciar a Cristo Crucificado.

Después de la era apostólica, vino la época de la patrística, luego la invasión de los pueblos nórdicos y del oriente. Más tarde, el descubrimiento de América y la presencia de la espada y de la cruz. Luego, la fundación de muchas órdenes y congregaciones misioneras tanto masculinas como femeninas.

Y la Iglesia nunca se ha dormido sobre los laureles a pesar de haber transitado épocas oscuras y funestas. Y en estos últimos tiempos hemos sido enriquecidos por valiosos documentos que nos pueden ayudar a comprender y asumir la tarea fundamental que debe realizar TODO bautizado: anunciar el Evangelio.

De las cuatro constituciones del Concilio Vaticano II, tres de ellas tienen un contenido y objetivo misionero: la “Lumen Gentium”, sobre la Iglesia, la “Dei Verbum” sobre la divina revelación y la pastoral, y la “Gaudium Spes” sobre la Iglesia en el mundo actual. Además, un decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia llamado “Ad Gentes”, es decir, dirigido a los no cristianos.

Pero la Iglesia no se quedó en los documentos conciliares, sino que el mismo Pablo VIº que los firmó, convocó a un Sínodo de Obispos para estudiar y aplicar la cuestión fundamental de la Iglesia: la evangelización de los pueblos.

Del Sínodo del año 1974, el 8 de diciembre de 1975, salió la exhortación apostólica de S.S. Pablo VIº “Evangelii Nuntiandi” acerca de la urgencia por anunciar el Evangelio en el mundo contemporáneo.

Y la Iglesia del “Continente de la Esperanza” no se quedó mirando al “Viejo Continente”, sino que se puso manos a la obra para elaborar los documentos propios para la evangelización de los pueblos aborígenes, latinoamericanos y caribeños. Así se llevaron a cabo las diversas conferencias del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana): en el año 1955, la 1º en Río de Janeiro, la 2º en Medellín, la 3º en Puebla, la 4º en Santo Domingo y la última en Aparecida, que con sólo recordar el lema y el tema, “Discípulos y misioneros de Jesucristo”, nos sacude la modorra del comodismo que nos anquilosa en lo ya hecho. Se propone una gran “misión continental”. ¿La realizaremos entre todos?

Es oportuno hacer memoria de los grandes misioneros a lo largo y a lo ancho de los siglos y del globo terráqueo, desde que Jesucristo nos dio el mandato de anunciar la buena noticia a todos los hombres.

En el Oriente, el gran misionero San Francisco Javier, Mateo Ricci en China y en el siglo XIX y XX el gran misionero verbita San José Freinademetz, que se identificó tanto con ese pueblo que en el Cielo quiere “ser un chino con los chinos”.

Y en el Continente Americano la conquista se hizo con la espada y la cruz, bajo la mirada maternal de la Virgen de Guadalupe. Aquí vinieron intrépidos los mercedarios, dominicos, franciscanos y jesuitas que con la magnífica e inigualable iniciativa de las “reducciones guaraníticas” lograron un éxito temporal que luego fue desbaratado por la furia del enemigo de la salvación.

Y en la actualidad, la mirada misionera de la Iglesia se dirige con preocupación y esperanza al Continente Africano, que por la situación real que vive la mayoría de los 54 países que lo conforman, se parece al personaje de la llamada parábola del buen samaritano. Son explotados, saqueados, medio muertos de hambre, enfermedades y miseria, por la codicia y la ambición descontrolada de los señores de este mundo.

¡Ojalá que el Buen Samaritano por antonomasia, Jesucristo, que ha vencido como débil Niño en Belén, para redimir y sanar al hombre, encuentre muchos corazones que imiten ese amor y compasión para decir a los cuatro vientos: “Dios te AMA y quiere llevarte a su Casa, el Albergue Eterno!

¡Feliz y bendecido Año 2010!

Luis Pizzutti SVD
Párroco de Oberá

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Fuente: Boletín Parroquial Nº 50, Parroquia “Cristo Rey” Oberá – Misiones

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