Sobre los signos de los tiempos

El Concilio Vaticano II y la reflexión posterior plasmada en Latinoamérica y el Caribe se abre a la acción del Espíritu Santo no solo en la Iglesia sino en el mundo. Sobre todo en la Constitución Gaudium et spes la Iglesia se abre al mundo contemporáneo e intenta discernir en él los signos de los tiempos.

La noción de signos de los tiempos, de origen bíblico (cf. Mateo 16, 1-3; Lucas 17, 20-21), fue desarrollada por Juan XXIII en la Bula Humanae Salutis (del 24 de diciembre de 1961) por la que convocaba el Concilio y en su Encíclica Pacem in terris n° 39. En la Gaudium et spes se da el fundamento de este discernir los signos de los tiempos. En el número 11 dice: “El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios”.

Es decir, el Pueblo de Dios cree que el Espíritu del Señor es quien guía la historia y a través de los acontecimientos discierne su presencia. Esta presencia del Espíritu conviene discernirla con la ayuda de la Palabra de Dios, como el mismo Concilio afirma en Gaudium et spes n° 44: “Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada”.

Esto es lo que hicieron los profetas y escritores bíblicos, discernir en los acontecimientos los planes de Dios sobre la historia, iluminándolos con la tradición anterior.

Se abre una nueva interpretación teológica-pastoral, de la cual Gaudium et spes ya inicia el camino. Antes de estudiar la Palabra de Dios, parte de la realidad de nuestro mundo, con sus desequilibrios, esperanzas, anhelos e interrogantes (n° 4-10), para luego confrontarlos con la Palabra de Dios y sacar sus consecuencias pastorales. Lo mismo hizo Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, discernir los signos de los tiempos del movimiento actual. También ha reflejado la última Encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI (cf. nº 18).

Yves Congar op, uno de los teólogos más prominentes del Concilio Vaticano II ha visto con lucidez las consecuencias de esta metodología teológica: “Si la Iglesia quiere acercarse a los verdaderos problemas del mundo actual y esforzarse por bosquejar una respuesta, tal como ha intentado hacerlo en la constitución Gaudium et spes y en la encíclica Populorum progressio, debe abrir un nuevo capítulo de interpretación teológica-pastoral. En vez de partir solamente del dato de la revelación y de la tradición, como ha hecho generalmente la teología clásica, habrá que partir de los hechos y problemas recibidos del mundo y de la historia. Lo cual es mucho menos cómodo, pero no podemos seguir repitiendo lo antiguo, partiendo de ideas y problemas del siglo XIII o del siglo SIV. Tenemos que partir de las ideas y problemas de hoy, como de un ‘dato’ nuevo que es preciso ciertamente esclarecer, pero sin aprovecharnos de elaboraciones ya adquiridas en la tranquilidad de la tradición segura” (Situación y tareas de la teología de hoy, Salamanca, 1970, 89-90).

Otro aporte similar y complementario lo expresa M.D. Cheng: “No ha de entenderse la evangelización como una transmisión de una verdad, sino como la encarnación del evangelio en la realidad histórica contemporánea. El intenso esfuerzo de la pastoral, en todas la Iglesias y bajo las formas más variadas, ilustra cumplidamente este principio que, sin detrimento para la enseñanza magisterial, parece imponerse ahora en la vida de la Iglesia.

No se trata de recetas más o menos mejoradas para organizar una pedagogía más eficaz, tanto en la catequesis como en la predicación, sino en restituir a la pastoral su función motora en la comunidad creyente de la misma Iglesia y en la actuación de la tradición revelante. De este modo se correlacionan positivamente lo doctrinal y lo pastoral.

De hecho, lo pastoral es a este nivel el desarrollo de la tradición en la historia, cuyo contenido entra a formar parte del hecho cristiano, pues no se reduce a un simple decorado que se despliega al fondo de la escena y que en nada afecta a los personajes. En efecto, si la tradición es memoria, y memoria fiel, es también presencia, lugar en que se opera la síntesis entre la transmisión y la experiencia actual por el Espíritu que la anima. Depósito, pero, como dice san Ireneo, ‘depósito siempre nuevo que rejuvenece el vaso de las expresiones que lo contiene’. Todo es como si la intención de Cristo tuviera necesidad de cuanto lleva el signo de lo humano a lo largo de las edades, a fin de revelar su luz a partir de la resurrección. La transfiguración cada vez más eficaz de la realidad humana se convierte de este modo en una condición de la realización de Cristo, y así nos lo recuerda incesantemente el Espíritu a través del juego complejo de las relaciones entre los hombres. El tiempo del mundo es también por ello, el tiempo del Espíritu.

En esto consiste la economía, en que la articulación permanente de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu pasa a ser expresión terrena de las procesiones de la vida trinitaria. Nos complace pensar que la común intuición que tiene los cristianos del compromiso de su fe procura una inteligencia implícita del Dios Padre, Hijo y Espíritu. No cabe duda de que tenemos ahí un fruto espléndido de la introducción de la historicidad en la construcción de la Iglesia” (“Nueva conciencia del fundamento trinitario de la Iglesia”, en la Revista Concilium 166 (1981) páginas 346-347).

Esto manifiesta y supone una visión de cercanía y simpatía hacia el mundo como manifiesta significativamente Gaudium et spes en su comienzo, en el n° 1: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”.

Esta afirmación de la presencia del Espíritu en el mundo es de capital importancia para la teología y la pastoral. Es lo que  fundamenta la metodología de la teología latinoamericana que parte de ver la realidad, para luego juzgar a la luz de la Palabra y proponer la práctica del actuar.

_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Texto del teólogo Víctor Codina, “Sobre los signos de los tiempos” al que Luis O. Liberti SVD, ha hecho algunos agregados. El mismo puede ayudarnos a meditar sobre la calidad y las motivaciones de nuestra vocación misionera. Pues la opción de vida que hemos asumido al integrarnos a la SVD se identifica con la Missio Dei que discernimos en el día a día de la historia.

Marcar el Enlace permanente.

Comentarios cerrados.