El adiós del padre Vogt

El 6 de abril se cumplieron ochenta años del fallecimiento del padre Federico Vogt, Sacerdote del Verbo Divino quien no tuvo una vida común y cuya partida de este mundo tampoco lo fue.

En diciembre de 1899, cuando Federico Vogt, sacerdote del Verbo Divino llega a Posadas para hacerse cargo de la Parroquia de San José, iniciando la segunda evangelización de la Provincia de Misiones, no sabía lo que el señor esperaba de él.

Había sido elegido para desarrollar una inmensa tarea en todos los ámbitos. Durante años estuvo solo al frente de una parroquia en donde los habitantes estaban dispersos a lo largo y a lo ancho de un territorio de treinta kilómetros.

Nada lo detuvo, comenzó a recorrer los pueblos, las aldeas, los caseríos a pie, a caballo, en carro, a veces por el único camino existente: el río Paraná.

En barco, en canoa, en lo que fuera. Muy pronto la gente supo de su férrea voluntad, su capacidad intelectual, su espíritu de sacrificio, su entusiasmo, su magnífico desempeño como sacerdote, periodista, escritor, historiador, antropólogo, filólogo, americanista. Los quince años en Misiones marcaron su vida y sus futuras acciones.

San Arnoldo Janssen sentía por él un gran afecto y depositaba toda su confianza en las tareas que le asignaba. Se desprenden estas apreciaciones de la correspondencia que mantuvieron a lo largo de 10 años, hasta la muerte del Fundador de la Orden.

Cuando en 1913 lo trasladaron a Buenos Aires, estuvo diez años al frente de “El Semanario”, convirtiéndolo en una publicación prestigiosa y valorada.

Pero el padre Federico necesitaba acción, era un hacedor, tenía que desempeñar un trabajo pastoral intenso y comprometido. Así es que llegó a Humboldt, Provincia de Santa Fe, en 1927 para hacerse cargo de la parroquia y al poco tiempo de otras dos que quedaron vacantes con lo que su tarea se triplicó.

Debía recorrer las escuelas para enseñar el catecismo y así lo hizo pero esta vez motorizado ya que disponía de un autito. Sus horas de descanso eran mínimas, el día no le alcanzaba. Nunca estuvo enfermo, su salud robusta hacía pensar que tenía muchos años por delante para seguir desarrollando su tarea pastoral.

En la Semana Santa de 1931, la actividad en la parroquia era intensa, estaba solo para las incontables confesiones, presidió la ceremonia del Jueves Santo desarrollándose todo normalmente, predicando incluso dos veces en ese día.

El 3 de abril era Viernes Santo, realizó todas las ceremonias correspondientes y a lo largo del día predicó tres veces. En el último sermón se dedicó a hablar de la Madre Dolorosa, cuando estaba terminando, su voz comenzó a debilitarse y entonces elevó una súplica a la Madre Reina de los Mártires, “Stabat Mater Dolorosa, cuando corpus morietur, fac ut anime donetur paradisi Gloria” que significa, “¡Cuando se muera mi cuerpo haz que mi alma reciba el don de la Gloria del Paraíso!” Alcanzó a hacer la señal de la cruz y cayó víctima de un aneurisma cerebral ante la consternación de los feligreses que desbordaban el templo con su presencia.

A pesar de haber sido asistido enseguida y de todos los cuidados, el 6 de abril, a la edad de 64 años, entregó su alma al Señor a quien sirvió durante más de cuatro décadas con una vocación inquebrantable.

Queda para la posteridad el recuerdo de un ser excepcional que supo ganarse el cariño y el respeto de todos los que lo conocieron porque su vida fue un permanente testimonio de fe, de obediencia, de amor al prójimo, de humildad, esa humildad de los hombres sabios que no necesitan alardear de sus actos y de sus conocimientos porque durante toda su vida los dedicaron a la mayor gloria de Dios.

Colaboradoción de Estela Alicia Gentiluomo de Lagier

Fuente: Diario “Primera Edición”, 04/04/2011

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