Liderazgo en la Biblia

Marcelo Cattáneo SVD

Para situarnos en la reflexión

La propuesta que sigue es fruto de una reflexión personal en torno al liderazgo a la luz de la Biblia. La misma ha de complementarse con los recientes documentos capitulares de la SVD, con los documentos eclesiales y con la misma Biblia (ya que toda reflexión es una interpretación subjetiva). Me he propuesto como objetivo no buscar un perfil acabado de lo que un líder debería ser, sino más bien mirar hacia dentro de nuestras comunidades y discernir el tipo de liderazgo que en la práctica estamos ejerciendo, y si este tipo de liderazgo responde o no a las necesidades de la comunidad donde servimos. Enumerar las características que debe reunir una persona para convertirse en líder no transforma a nadie en “ese” líder. Sin embargo, podemos ayudarnos a crecer en nuestro liderazgo actual considerando los nuevos desafíos hoy y nuestras limitaciones personales y comunitarias.

El Liderazgo en la Biblia

En la Biblia encontramos distintas imágenes y formas de liderazgo. La historia sagrada presenta una extensa galería de figuras sobresalientes que han ido guiando al pueblo de Dios a lo largo de los siglos. En cada momento y época estos líderes debieron sortear la suerte del pueblo y su propia suerte considerando el momento histórico que se vivía, retomando la enseñanza del pasado, afianzando la fe y confianza en el Dios de la Alianza y contando con un sin número de limitaciones humanas, sociales y estructurales.

Dentro de la larga lista, mencionemos a Moisés y a Aarón que prefiguran dos escuelas de liderazgo en la historia del pueblo de Israel: el profetismo y el sacerdocio. Los profetas eran líderes naturales, con cierta reticencia a aceptar su vocación por considerarse humanamente no cualificados, con dificultades para transmitir el mensaje, con firmeza y coherencia de vida, con un hábito de discernimiento del paso de Dios por la historia del pueblo; eran capaces de cuestionar a Dios y dejarse interpelar por Él; pocas veces gozaban de la aceptación del pueblo. Los sacerdotes heredaban su rol y no necesitaban siquiera responder a un llamado, gozaban de ciertos privilegios en la comunidad creyente, estaban habituados a su servicio en el culto; con pocas señales de creatividad y discernimiento de la voluntad de Dios; eran más presa del miedo que de la fe en el Dios Salvador; contaban con el respeto (temeroso!) del pueblo.

En otro momento histórico, los reyes de Judá e Israel se distanciaron mucho del estilo de liderazgo que ejercían los jueces en tiempos de la confederación de tribus. No sólo los tiempos habían cambiado, sino también los intereses personales, la estratificación del pueblo, las exigencias de la clase dirigente, la presión de los reinos vecinos. El aparato estatal y burocrático fue usurpando más y más el espacio de la vida del pueblo. El liderazgo casero, cercano y diario de los jueces fue remplazado por un estilo más piramidal, distante y autoritario.

Juan el Bautista y Jesús también ofrecen dos modos de ejercer el liderazgo. Juan invitaba al pueblo a encontrarse con un Dios-Juez en el desierto. Allá debían acudir todos para bautizarse e iniciar un camino de conversión. Jesús revela a un Dios-Padre desde su encuentro personal con la gente en el poblado. No es el bautismo, sino el encuentro con Él el inicio de un camino de conversión y discipulado. Estudios recientes sobre el Jesús histórico remarcan el impacto que la persona del profeta de Nazaret tuvo sobre sus discípulos y lo determinante que eso fue para la continuidad del grupo hasta la profesión de fe en el Cristo resucitado.

Pedro y Pablo también son ejemplos típicos de ejercicio de liderazgo de modos diferentes. Mientras que el primer estilo de liderazgo se afirma en la institución eclesial desde donde poder irradiar el evangelio y transformar el mundo, el segundo se afirma en el evangelio usando la institución como instrumento de transformación. Esta tensión entre institución evangelizadora y espíritu evangelizador nos acompaña aún hoy y el desequilibrio entre ambos aspectos ha sido el causante de numerosos conflictos al interno de la Iglesia.

En los documentos que existen sobre las primeras comunidades cristianas advertimos la presencia de muchas mujeres asumiendo roles de liderazgo. Para la mentalidad judía no dejaba de ser una “anormalidad”, pero dentro del mundo greco-romano aparecía como un paso enorme de inculturación de la Iglesia. Eran tiempos en que los ministerios se ejercían como respuesta a las necesidades de la comunidad y no como un servicio ordenado y reservado al clero.

Baste con estos pocos ejemplos para decir con honestidad que la comunidad y el pueblo de Dios necesitan tanto de un Pedro como de un Pablo, de un líder profético como de un líder sacerdotal, de una estructura como del espíritu que la anima. Y esta afirmación no resulta de un mero respeto a la diversidad (cosa que podría derivar en el “cada uno hace lo que quiere”, “cualquier tipo de liderazgo es permitido”), sino más bien se funda en la necesidad de complementariedad y de corresponsabilidad en el ejercicio del liderazgo (Pedro necesita de un Pablo y Pablo necesita de un Pedro). Para alcanzar ese tipo de liderazgo compartido, la Biblia sí nos habla de ciertos principios.

Criterios Bíblicos sobre el Liderazgo

1. La necesidad de la comunidad

Es el grupo el que discierne lo que necesita, no sólo para sí, sino además lo que necesita para cumplir con el propósito para el cual se constituyó como tal. La comunidad ha sido constituida por la causa del Reino y ese horizonte es el que ha de motivarla constantemente a “ir por más”. Los líderes serán elegidos de acuerdo a sus características personales que estén en consonancia con la necesidad concreta actual de la comunidad. Aquí es imperioso un discernimiento entre las “necesidades comunitarias” y las “proyecciones individuales” (cfr. Hch 15,23-29).

“Médico, cúrate a ti mismo” (Lc 4,23) – Fácilmente se proyectan sobre la comunidad asuntos personales no resueltos. Un constante discernimiento y compromiso sobre lo que el conjunto necesita, tomado como prioridad, ayuda en la toma de decisiones que afectan a todos los individuos. El líder está llamado a ser el jardinero y el pastor, en la conciencia plena que ni el jardín ni el rebaño le pertenecen, y animando sí a todos los miembros a crecer en el sentido de pertenencia.

En la perspectiva del Reino de Dios, ¿Qué quiere Dios de nosotros hoy? ¿Cuáles son las necesidades más importantes de mi comunidad? ¿Qué cosas deben cambiar para mejor?

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2. Un proyecto comunitario

“Proyecto” en cuanto a un camino que impulsa al grupo a salir del estancamiento y a caminar hacia una meta. “Comunitario” en el sentido que debe involucrar y comprometer a todos los miembros. Los líderes, además de protagonistas del camino, son motores de propulsión (lo que no es equivalente a sistemas autógenos/autosuficientes) (cfr.Mc 7,27-34).

“Nadie es profeta en su propia tierra” (Lc 4,24) – La amistad y la fraternidad no están separadas de la franqueza y de la firmeza. Amigos o no, estamos unidos a través del vínculo de la consagración religioso-misionera por la causa del Reino de Dios. Muchas veces hay que sacrificar amiguismos, simpatías nacionalistas, comunión de intereses personales con algunos, para no perder de vista lo que el conjunto anhela y se ha propuesto alcanzar.

En el liderazgo que ejerzo actualmente, ¿Qué espero obtener de mi servicio? ¿Qué dificultades encuentro con mis cohermanos?

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3. Una espiritualidad compartida

Más que hacer cosas, el proyecto comunitario impulsa a promover el crecimiento de cada miembro. La cantidad de actividades ha de ceder paso a la “pasión” que motiva a cada uno al compromiso diario. Los líderes son los centinelas de esta plataforma espiritual desde la cual todo se vive. El Reino de Dios, como horizonte y meta de nuestra consagración, puede sostenerse sólo a partir de una experiencia personal y comunitaria de fe (cfr. Lc 11,1-4).

“De la abundancia del corazón hablan los labios” (Mt 12,34) – El rico legado espiritual y carismático de las generaciones fundadoras necesita un tiempo y un espacio de interiorización para que siga vigente la pasión religioso-misionera de quienes forjaron nuestra congregación. La espiritualidad bíblica nos habla de la centralidad del proyecto de Dios en la vida del pueblo creyente y de toda la humanidad. La consagración y la misión hablan de reciprocidad, no de cerrazón en uno mismo. La soberbia, el individualismo y la autosuficiencia son para la espiritualidad lo que el fuego es para la cera (cfr. Mt 18,1-4).

Partiendo de la experiencia de fe de Jesús, ¿En qué Dios creo? ¿Cómo veo eso reflejado en mi liderazgo?

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4. Un liderazgo corresponsable

Reconocer con toda humildad y realismo que son varias las facetas de la vida comunitaria (administrativa, espiritual, financiera, formativa, educativa, pastoral). El liderazgo compartido más que una práctica democrática, es la necesidad de complementarse, de ayudarse mutuamente. Los líderes se focalizan en un aspecto y se corresponden para llevar adelante las diversas tareas de la comunidad, aún con la colaboración de otros miembros de la misma comunidad (cfr. Núm 11,16-18).

“No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7) – El excesivo protagonismo de unos pocos infantiliza al conjunto de la comunidad. La sombra de los líderes debería ser sólo la necesaria, para no cubrir lo que Dios quiere revelar y realizar a través de los demás miembros de la comunidad. Superar la tentación de la superioridad y el ansia de control es dar suficiente espacio al Espíritu Santo para que siga siendo el agente principal en la elección, unción y guía de los líderes y de la comunidad entera (cfr. Jn 9,18-23).

En mi lugar de trabajo, ¿Cómo vivo la obediencia apostólica en mi liderazgo?

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5. Un liderazgo al servicio de la humanidad

Hay una necesidad imperiosa hoy de humanizar las relaciones, de salir del individualismo, consumismo y automatismo para crecer más como seres humanos. Mientras que algunas décadas atrás lo “ad gentes” motivaba nuestra misión, hoy por hoy lo “inter gentes” marca nuestra época. Como Jesús, la humanidad y la grandeza de los líderes se ve en la capacidad de despojo. En nuestro caso concreto, el despojo de una actitud autosuficiente para apreciar más el trabajo de conjunto, el despojo de un marcado clericalismo y complejo de superioridad respecto de los laicos, el despojo de un énfasis más moralista que evangélico en nuestro acercamiento pastoral, el despojo de una eclesiología más al estilo de “Iglesia, único camino de salvación”, que “Iglesia al servicio de la comunión y la liberación” (cfr. Mc 7,24-30).

“… les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan” (Jn 13,15) – Al interno de nuestras comunidades eclesiales y religiosas, la inter-culturalidad es más un espacio de riqueza humana y espiritual, que un mero elemento folklórico. Como riqueza humana que es, debe trascender fronteras y crecer en apertura y diálogo. Si bien Jesús da el paso de servir a Pedro, es Pedro quien también tiene que mostrar apertura de corazón para que el gesto de Jesús cumpla su ciclo.

Como Jesús en el banquete pascual, ¿Cuáles son los ropajes que llevo y que se tornan una molestia en mi liderazgo? ¿Cómo se llama la toalla que debo cernirme en la cintura?

 

Liderazgo:

– escucha y discernimiento de la voluntad de Dios;
– el diálogo y la participación de todos;
– la comunión de vida y de misión con el Verbo Divino.

 

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