¡Despierten al mundo!

En el encuentro que el Papa Francisco tuvo con la Unión de Superiores Generales (USG) de los Institutos religiosos masculinos en noviembre de 2013, él dijo: “Se trata de dejar todo para seguir al Señor. No, no quiero decir «radical». La radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de una manera especial, de un modo profético. Yo espero de ustedes este testimonio. Los religiosos deben ser hombres y mujeres capaces de despertar al mundo”. Para celebrar la vocación religiosa y señalar su importancia para la Iglesia, el Papa Francisco declaró el año 2015 como el “Año de la Vida Consagrada”; este comenzará el 21 de noviembre de 2014 y concluirá el 02 de febrero de 2016. ¿Qué significa seguir al Señor de un modo profético, de un modo en el que uno es capaz de despertar al mundo?

La vida religiosa como vida consagrada: la prioridad de Dios

Los seres humanos estamos llamados por Dios para vivir el amor. Ser cristiano significa ser llamado por Dios para amar del mismo modo que Jesús amó; ser religioso significa ser llamado por Dios a seguir especialmente a Jesús de “un modo profético”. La respuesta a este llamado se dirige a alguien y no a algo. Lo que estamos siguiendo es a una persona, no a un proyecto con ciertos objetivos. Damos prioridad a Dios y a su iniciativa.

Esta opción por Dios tiene tres consecuencias. En primer lugar, en la vida religiosa, la pregunta fundamental es ¿Qué quiere Dios que hagamos en nuestro contexto? Esta pregunta contiene dos cambios importantes: el primero es pasar de lo que nosotros queremos hacer a lo que Dios quiere que hagamos; el modo de conocer la voluntad de Dios es observar la realidad de la gente a la que servimos y con la que trabajamos. El segundo cambio es pasar de lo que yo quiero hacer a lo que debería hacer para cumplir con la voluntad de Dios. ¿Cómo podríamos fortalecer este espíritu del “nosotros” en nuestra vida religiosa de modo que seamos instrumentos fundamentales que contribuyen a la construcción del Reino de Dios y no personas centradas en nuestros propios proyectos?

En segundo lugar, consagrar nuestra vida a un Dios misericordioso hace que la vida religiosa sea una oportunidad especial para entender mejor la debilidad humana. El Papa Francisco dice: “Esta convicción [la de ser llamados por Dios] nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo” (Evangelii Gaudium 12). ¿Cómo afrontamos nuestras debilidades humanas y las de los demás?

En tercer lugar, la opción de Dios requiere una renovación continua del espíritu para escuchar y servir. La renovación del espíritu tiene consecuencias para las estructuras. Las estructuras deben servir a la misión. En el curso de su historia, las congregaciones religiosas han construido muchas estructuras. Cuando el contexto cambia, algunas estructuras pueden obstaculizar los esfuerzos de evangelización; ellas sólo son útiles cuando hay un compromiso claro y un auténtico espíritu evangélico en su administración, conservación y evaluación. ¿Todavía sirven nuestras estructuras para llevar a cabo nuestra misión?

1. La vida religiosa como vida consagrada: celebrando la vida

Vivir como un signo de esperanza en y para el mundo y dar testimonio de que existe un futuro de comunión de todos en el Señor resucitado son sólo creíbles si existe alegría. Los cristianos, que creen en la resurrección del Señor, son llamados y fortalecidos por el Espíritu Santo para anunciar la alegría, que fluye desde el infinito amor de Dios, quien se reveló a nosotros por medio de Cristo Jesús.

La vida religiosa, con los votos de castidad, pobreza y obediencia, no intenta rechazar la vida. Por el contrario, es un modo de celebrar la vida como un regalo de Dios que se ofrece a los demás. La razón más profunda para celebrar la vida es porque en Jesús, Dios compartió con los seres humanos esta vida; la vida religiosa es una oportunidad de dar testimonio de Él como el Dios de amor. Cuando la vida religiosa sea entendida y vivida como una celebración de la vida, entonces las comunidades religiosas se convertirán en «»lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales»»(EG. 77).

Como religiosos, estamos llamados a promover la dignidad humana la cual no se mide por lo que estamos haciendo y produciendo, sino por el hecho de que somos amados por Dios. El modo en que nos preocupamos por nuestros cohermanos ya mayores y enfermos demuestra cómo estamos promoviendo la dignidad humana. ¿Son nuestras comunidades lugares en los que se cultiva y practica el respeto a la dignidad humana? ¿Son lugares en los que nos involucramos en la promoción de la dignidad humana de los demás?

2. La vida religiosa como misión de la Iglesia: solidaridad con el mundo

La vida religiosa se basa en la experiencia de un Dios que hizo una opción por los seres humanos; un Dios que está al lado de los débiles y pecadores. Sólo podemos ser colaboradores en la obra de salvación porque Dios mismo nos hace dignos de participar en esta tarea. Como religiosos, demostramos que antes de consagrar nuestra vida a Dios, Él, en Cristo Jesús, se consagró primero a todos los seres humanos y a toda la creación. Por lo tanto, la vida religiosa no está para salvarse a sí misma, así como tampoco los cristianos están llamados a establecer su propia salvación; cuanto más se crece en la vida, más se está dispuesto (a) a entregarla.

Además de ser un signo escatológico, la vida religiosa es también un signo de la solidaridad de Dios con aquellos que carecen de lo necesario para vivir, que viven sometidos a la voluntad de otros y que están solos. En nuestro XIII Capítulo General leemos lo siguiente: “A fin de realizar este éxodo hacia los pobres, las siguientes vivencias y actitudes son esenciales: una profunda experiencia de Dios que es fuente de toda compasión, la conciencia de la propia pobreza e insuficiencia interior, la necesidad permanente de conversión del corazón, y la convicción de que los pobres tienen la capacidad de ser los gestores de su propio destino” (En las Huellas del Verbo, 1/1988, pág. 51).La comunidad religiosa es el lugar para encontrar y compartir la riqueza de la vida en común, del relacionarse y del encuentro; un espacio para aceptarse y apoyarse mutuamente; un lugar en el que sus miembros puedan tener la verdadera experiencia de fraternidad y solidaridad. ¿Cómo estamos preparando a nuestros estudiantes en la formación inicial, espiritual e intelectualmente y con algunas habilidades básicas, de modo que ellos estén cerca de la gente, especialmente los pobres y los marginados?

La vida religiosa como vida comunitaria: encuentro y diálogo

El camino de Jesús es el de la kénosis que Pablo menciona en Filipenses 2, 6-11: “Cristo Jesús, El cual siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo […] Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre”. Partir, salir al encuentro de los demás, siempre significa vaciarse de prejuicios y nacionalismos exagerados o etnocentrismos; significa llenarse con la alegría de vislumbrar la presencia de Dios en el otro, en lo desconocido, en aquel que no me es familiar.

La vida religiosa se nutre por medio de un encuentro y diálogo con Dios, que siempre abre nuevos caminos; que nos llama a nuevos retos; y nos da todo su apoyo. El encuentro y el diálogo con Dios necesariamente conducirán al encuentro y diálogo con los demás; a la construcción de comunidad con otros; a abrirse para aceptar y respetar a los demás. En la vida religiosa, abrirse comienza en la propia comunidad. Además, la vida comunitaria depende de cómo los miembros estén listos no para aferrarse a sus propias culturas, idiomas o formas de pensar, sino para pasar a una cultura diferente de la suya. Esta apertura dentro de la comunidad está al servicio de nuestra cercanía a los que están afuera, communio al servicio de la missio.

Se espera que los religiosos sean personas de diálogo debido a que lo han ya vivido en su experiencia con Dios y en la vida comunitaria. El Papa Francisco menciona tres áreas del diálogo para la Iglesia hoy en día, “en los cuales debe estar presente, para cumplir un servicio a favor del pleno desarrollo del ser humano y procurar el bien común: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica”(EG 238) ¿Qué podemos hacer todavía para promover el diálogo en estas tres áreas?

La vida religiosa está al servicio de la Iglesia. Al vivir nuestro carisma fielmente, y en contexto, ayudamos a la Iglesia a cumplir a su misión. La convocatoria del “Año de la Vida Consagrada” es una clara señal de la importancia que la Iglesia da a la vida religiosa. Por lo tanto, queremos animarlos a todos a utilizar este año especial dedicado a la vida religiosa para renovar nuestro compromiso religioso misionero. Los invitamos a planificar y participar activamente en los programas y actividades que promueva la vida religiosa como parte integral de la Iglesia; una Iglesia que está llamada a salir hacia tres periferias: la geográfica, la social y la existencial. Que este año de la vida consagrada sea una oportunidad para fortalecer nuestro compromiso de despertar al mundo.

P. Heinz Kulüke SVD  y equipo de liderazgo
(Fuente: Arnoldus Nota, noviembre 2014)

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