El misterio Pascual en nuestras vidas

Una reflexión pascual del P. Silverio Klaus, desde su habitación en el Hogar San Javier, donde hace casi dos años está viviendo su delicada situación de salud. Durante muchos años fue maestro de novicios y formador de otras etapas en la formación SVD. Además de tantas otras actividades pastorales, fue superior Provincial durante dos trienios.

P. Silverio junto al P. José Luis Corral (Provincial)

P. Silverio junto al P. José Luis Corral (Provincial)

Lentamente la Cuaresma va llegando a su fin y en el horizonte ya asoma la Pascua. ¡Pascua! ¿Qué es eso? Celebrar la pascua no es sólo recordar los últimos acontecimientos históricos de Jesucristo, hace ya más de dos mil años y, por lo tanto, como hechos del pasado. Celebramos la Semana Santa y la Pascua por unos días para luego olvidarnos ora vez hasta el año siguiente. ¿Y hoy? ¿Qué significa para nosotros?

Hoy hablamos de los nuevos crucificados. Hoy nos encontramos con tantos hermanos debilitados por el flagelo del hambre y de la violencia, de la desesperanza y de la soledad, heridos por la dura realidad de hoy. Hablamos de Pascua pero lo hacemos de los labios para afuera. Pero, ¿cómo vivimos la pascua nosotros en la normalidad de nuestra vida personal?

Hoy, Cristo debe ser (¡y lo es!) el centro de nuestra vida. El más central de todos los misterios es el misterio de Jesucristo. Cristo es central, y así como Cristo es central, en su centro está el sufrimiento, la muerte y la transformación. En el centro está su muerte y su resurrección a una vida nueva para que pueda enviarnos su Espíritu. Hoy, ¿qué espíritu domina en nuestra vida?

La clave de lo que Jesús hizo por nosotros está en su sufrimiento y en su muerte. ¿Qué significa eso y cómo podemos actualizarlo en nuestra vida personal? En nuestra vida se dan varias muertes, la pregunta es: ¿cómo vivimos esas muertes?

Una muerte en nuestra vida es la muerte de nuestra juventud. Según el calendario, hoy cumples ¡setenta años! de edad. Con setenta años, en términos de esta vida, ya no puedes considerarte joven. Tu juventud ha muerto. ¡Pero no estás muerto! Te miras en el espejo y ves una persona llena de vitalidad, dinámica, llena de fervor apostólico, y de hondo sentido pastoral, pese a las limitaciones de tu edad. Ahora, de hecho, te sientes más rico, más lleno de una vida profunda, que cuando tenías veinte años, o cuarenta, o sesenta. Desde el punto de vista del misterio pascual, el Viernes Santo ya ha tenido lugar en tu vida; ya has recibido la vida de una persona de setenta años de edad, una vida nueva, diferente y más rica que la vida que vivías cuando tenías veinte años. Tu juventud ya pertenece al pasado.

Ahora, frente a ti, tienes una elección. Disfrutar la vida, o lamentarte añorando el pasado y llorar… como María Magdalena, en la mañana de la Pascua. Ella lloraba, pero, ¿por qué lloraba? Porque seguía agarrada del Jesús histórico que había conocido antes (en el pasado), agarrada a una juventud perdida. Si así lo haces, te convertirás en una persona frustrada, amargada, infeliz; el misterio pascual debe liberarte transformando tu llanto en gozo por la vida nueva, más plena.

Otra muerte en nuestra vida, es la muerte de una cierta idea de Dios y de la Iglesia (desafiando por ej., los cambios que introdujo el Concilio Vaticano II, y, que se han producido de hecho). Lucas nos narra el incidente de cuando Jesús camina con sus discípulos hacia Emaús. Los discípulos, amigos de Jesús no lo reconocen, aunque tan sólo, haya estado ausente y muerto un día y medio. Ahora, ¿por qué no pueden reconocerlo? Están tan concentrados en su realidad anterior, en lo que Jesús era antes, que ahora no pueden abrirse para verlo tal como es, mientras camina con ellos.

Todos debemos dejar al Dios o a la Iglesia de nuestra juventud y reconocer al Dios que camina con nosotros por la vida presente. Nuestra forma de entender a Dios y a la Iglesia debe morir constantemente y resucitar para una vida nueva. Nuestro mayor desafío espiritual y psicológico, cuando llegamos a la mitad de la vida, es lamentarnos por nuestras muertes y pérdidas. En nuestras vidas debemos enfrentarnos con nuestras muertes, y podemos elegir si estas muertes van a ser terminales (absorbiéndonos vida y espíritu), o serán pascuales (abriéndonos el camino a una nueva vida y a un nuevo espíritu).

Y así hay otras muertes, la muerte de nuestros sueños que cultivamos en el corazón, la muerte de nuestras lunas de miel (nuestros romanticismos en nuestras relaciones con amigos, nuestros trabajos, nuestra comunidad…). Todas las lunas de miel mueren. Lo positivo es que Dios nos está dando siempre algo nuevo, algo más rico, un espíritu más pleno y una vida más profunda.

El misterio pascual es el misterio de cómo nosotros, después de haber atravesado por alguna especia de muerte, recibimos una vida nueva y un espíritu nuevo.

Jesús nos da una imagen del misterio pascual. A menos que el grano de trigo caiga al suelo y muera, seguirá siendo solamente un grano. Pero si muere, arroja una rica cosecha. ¿Qué significa eso en nuestra vida? Para alcanzar una vida nueva y un espíritu nuevo, más pleno debemos ser capaces de entregar nuestra vida actual y el espíritu que ahora tenemos, “si muere el grano, multiplica su vida”.

Por último, permítanme compartirles una confidencia muy personal, de hermano a hermano. Como ustedes saben ya estoy ¡dos años! con un problema de salud. Ando a los tumbos, cuando apenas me levanto de una, caigo en otra. Últimamente me tiene a muy mal traer un dolor en la cintura (por una contractura) que apenas me deja caminar. Muchas veces no sé qué es mejor, estar sentado o parado. Por un lado, podríamos considerar todo lo que estoy pasando como una desgracia o un mal. Pero por otro lado, también se lo puede ver positivamente como un bien. Yo lo vivo todo como una gracia muy grande de Dios. Libre de toda actividad pastoral, en la parroquia como en colegios, puedo estar a solas con Dios para intimar con él, y profundizar mi relación personal con él y con los hermanos. Tengo mucho tiempo para rezar, reflexionar, leer. De tanto en tanto me hago, mentalmente, un paseo por el mundo entero, que me da muchos motivos para orar. En cada paseo me encuentro con toda nuestra Provincia de ARS, y rezo por todas sus necesidades. La oración es el único apostolado que puedo hacer, y lo hago.

Estoy en el camino de la recuperación, pero el proceso va muy lento. Uno quisiera que fuese más rápido, pero hay que respetar el ritmo de la naturaleza, tener mucha paciencia, y no perder el ánimo. Hay que aceptar la realidad, luchando con ilusión y esperanza, soñando con un nuevo futuro. Tengo la secreta esperanza de volver a trabajar en la parroquia con un espíritu nuevo.

Desde el punto de vista del misterio pascual, estoy atravesando mi Viernes Santo, con mucha fe y confianza en la promesa que encierra en sus entrañas el misterio de la Cruz. Lentamente voy avanzando hacia la Pascua, con una vida nueva y un espíritu nuevo. Me encomiendo a sus oraciones.

Silverio Klaus SVD

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