Testimoniar el Evangelio de las Bienaventuranzas

Por José Luis Corral SVD

Es un lugar común afirmar que la Vida Consagrada se ubica en el corazón de la Iglesia y hace un valioso aporte a la vida y santidad de la misma, el Concilio Vaticano II y la teología de la Vida Religiosa así lo han subrayado repetidamente. Pero qué bueno cuando se asocia la “santidad” a la vida cotidiana en el testimonio y servicio al pueblo de Dios desde el espíritu de las Bienaventuranzas.

Por muchos años he acompañado a jóvenes en procesos de formación inicial, principalmente en el Noviciado, y he sido testigo del hambre y sed de una vida religiosa misionera vivida con autenticidad y desde lo esencial del Evangelio. Las generaciones jóvenes son muy sensibles para captar cuando hay disonancias entre los valores proclamados y vividos; también pueden llegar a ser muy duros y críticos cuando nuestro rostro y corazón se vuelven rancios y amargados.

El Evangelio de las Bienaventuranzas me apasiona y me desafía a dejarme renovar y revitalizar por su fuerza y frescura. El escritor español José Luis Martín Descalzo, llamó a las bienaventuranzas “las ocho locuras de Cristo” y nos ayuda a intuir la enorme revolución que subyace en este mensaje. Este autor nos hace sentir el vértigo ante aquellas palabras que ofrecen un nuevo estilo de vida. Seguramente aquellas expresiones de Jesús eran acogidas por sus oyentes como palabras llenas de espíritu, fuego y vida.

“Hoy, veinte siglos después ¿qué queda de aquel escalofrío? Son fórmulas que hemos oído tantas veces, que se han vuelto insípidas, la llamarada se tornó rescoldo, el vino generoso fue perdiendo grados hasta convertirse en un agua coloreada. Tendríamos, por ello, para entenderlas que volver a descender a su fondo, como una gruta en cuyo fondo rocoso se oculta el difícil tesoro”.

Nuestra vida religiosa, sin pretender replegarse en sí misma y sin alejarse de las demás vocaciones eclesiales, tiene su peculiar modo de expresar el seguimiento de Jesús. Hay un “toque” que le da su originalidad y le marca su diferencia. Diferencia que no se debe entender como distancia ni superioridad, al contrario, como su aporte propio para el enriquecimiento recíproco.

Percibo que no nos resulta fácil encontrar ese “toque-marca” y que históricamente hemos oscilado entre la sobre-estimación de lo propio que nos hizo creernos superiores y segregados del resto y, por el otro extremo, querernos mimetizar con todos hasta diluir lo particular que tenemos para brindar en la Iglesia y en la sociedad. No queremos ser “bichos raros”, pero sí tenemos que re-descubrir la belleza de nuestra vocación y dejarla florecer.

El Papa Francisco nos invita, como a todos los cristianos, a despojarnos de la “mundanidad” que lleva al orgullo, a la vanidad, a la idolatría y que mata el alma, a las personas y a la comunidad. Muchas veces comentamos el déficit de entrega y compromiso propio y de otros cohermanos en nuestras provincias/regiones/misiones cuando somos impregnados por el confort, el ensimismamiento, el desencanto, la frustración y la indiferencia de la cultura de la globalización neoliberal. Nos vamos como adaptando a la “cultura ambiente” sin discernimiento crítico, naturalizando todo y tornándonos muy cómodos y acomodados.

Recuperar las bienaventuranzas es asumir que nuestra vida consagrada en un mundo como el actual puede resultar “contracultural” o a “contracorriente”. El Evangelio nos provoca a vivir sin poses fingidas ni espiritualidades “light”, pero sí con la “mística de ojos abiertos” y la “profecía de corazones encendidos” que en lo cotidiano nos hace memoria viviente del modo de actuar de Jesús a favor del Reino. ¿Nuestra vida religiosa-misionera es verdaderamente “Memoria Iesu”? ¿En qué se nota que portamos las marcas de Jesús?

Personalmente he sido testigo del proceso de muchos jóvenes que han “abandonado” la Vida Religiosa en la Congregación porque buscaban ese “algo más” de radicalidad que no se lo hemos testimoniado y ofrecido. Una vez uno de ellos me decía: “No le tengo miedo a la radicalidad, sino a la mediocridad”.

También, por honor a la justicia, debo decir que he conocido y conozco muchos cohermanos que, sin muchos bombos y platillos, se esfuerzan y perseveran en el camino de apropiarse del fuego de las Bienaventuranzas. Ellos son signo de una entrega feliz, fiel y fecunda en la comunidad y en la misión con gestos cercanos, humanos, misericordiosos, hasta ser capaces de dar la vida. Cada vez que visito nuestro Hogar de los cohermanos mayores, me conmueve y alienta su testimonio de apostolicidad y santidad hasta el final.

Hace poco me encontré en Facebook con la publicación de un “ex-religioso” que se mostraba con su nueva novia y muchos comentarios le expresaban que ahora sí se lo veía muy feliz y muy pleno. Y me cuestiono: ¿Por qué no es tan frecuente que esos comentarios se digan de quienes estamos en la Vida Religiosa?

En este año dedicado a la Vida Consagrada, nos dice Francisco: “¡Despierten al mundo, sean testigos de la alegría, profundicen su vocación!”. Hay que dar espacio y tiempo para que las bienaventuranzas nos vuelvan a calar y nos despierten en audacia para crecer en creatividad y fidelidad. Queremos abajarnos en el servicio en contacto con todas las marginalidades existenciales. Nos falta, tal vez, valentía para afrontar el riesgo de soltar estructuras caducas, aún en medio de pocas certezas y escasas claridades.

Deseo para todos los verbitas que el Espíritu del Señor cincele en nosotros las Bienaventuranzas, que seamos menos maestros y más testigos de este mensaje “revolucionario” que nos inquieta y altera. Que la fuerza de la Palabra nos empuje a salir y “tocar la carne de Cristo” sin asco, sin miedo y sin demoras; invirtiendo menos energías en administrar y más en testimoniar el Evangelio.

Que la Trinidad nos haga ser y estar más enraizados en el Amor y, por ello, más enamorados del mundo del que formamos parte y de la humanidad a la cual pertenecemos. ¡Felices nosotros si sabiendo todas estas cosas las ponemos en práctica!

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