La esencia es el amor

Yo estoy aquí (6º Domingo de Pascua)

Por Andrea Altamirano

El pasaje evangélico de este domingo, es una perfecta continuación de la semana pasada. No sólo en cuanto al tema, sino también en los versículos de la liturgia. Hace ocho días, el Evangelio nos ofrecía para nuestra meditación la bella alegoría de la Vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8). Y hoy la Iglesia nos presenta la aplicación de ese discurso: cómo podemos vivir unidos a Cristo para ser buenos sarmientos y buenos amigos suyos (Jn 15, 9-17).

“Como el Padre me ha amado, así los he amado yo. Permanezcan en mi amor”, nos dice nuestro Señor. Al meditar en la alegoría de la Vid, sentíamos la necesidad apremiante de permanecer unidos a Jesús para tener vida y para llevar frutos de eternidad. Y ahora el Señor nos va a mostrar el camino: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,10). El modo de vivir unidos a Él es por medio del amor. Pero un amor hecho obras, real y operante. Un amor de puras palabras o discursos bonitos es un amor platónico y vacío por dentro. Un amor de puros sentimientos, propósitos y buenas intenciones es falso, engañoso y estéril. No es real. Es una farsa y una pantomima. Ya lo decían nuestros abuelos con una expresión muy plástica: “El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. No bastan los “quisieras” para ser buenos cristianos y verdaderos discípulos del Señor. Se necesita un “quiero” rotundo, operante y con todas sus consecuencias.

Se cuenta que, en una ocasión, le preguntó la hermanita pequeña a santo Tomás de Aquino, cuando todavía éste era muy joven: “Oye, Tomás, ¿qué tengo yo que hacer para ser santa?”. Ella esperaba una respuesta muy complicada y profunda, pero el santo le respondió: “Hermanita, para ser santa basta querer”. Querer. Pero quererlo de verdad, o sea, poniendo todos los medios para lograrlo, con la ayuda de Dios, que las obras y los comportamientos respalden y confirmen luego nuestros propósitos. La sabiduría popular lo ha condensado en la conocidísima sentencia: “Obras son amores…, que no buenas razones”. Y “del dicho al hecho, hay mucho trecho”. ¡Tenemos que acortar ese trecho para mostrarle al Señor que de verdad lo amamos con las obras! Así lo hizo Él: “lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Sólo así construiremos nuestra casa sobre roca, y no sobre arenas movedizas (Mt 7,21-27).

Un mandamiento nuevo les doy, dice Jesús, “que se amen unos a los otros como yo los he amado”. Jesús nos amó hasta dar la vida. Él quiso que este amor llegara a ser el distintivo de sus seguidores. Si nuestro amor es mezquino nuestras vidas serán huecas, nuestras devociones inútiles y nuestra fe muerta.

San Juan nos recuerda: “El que dice ‘yo amo a Dios y odia a su hermano es un mentiroso’. ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ve y odia a su hermano a quien ve?” (1 Jn 4,20). Nuestro Señor afirma que “nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos. ¿Nosotros somos buenos amigos de verdad? ¿Practicamos con generosidad el amor sincero hacia nuestro prójimo?

Aquí está, pues, el secreto para ser buenos sarmientos de la Vid, para ser auténticos amigos de Jesús. ¡Ojalá podamos ser discípulos y amigos de verdad!

Andrea Altamirano
Catequista de la Parroquia San Cayetano

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