Abrazar el futuro con esperanza

Celebrando el Año de la Vida Consagrada como Misioneros del Verbo Divino

Por José Augusto Duarte Leitão svd *

La vida consagrada es un don de Dios a la Iglesia y al mundo. Es un llamado a ser más radicales en la caridad perfecta y en el seguimiento radical de Jesús pobre, casto y obediente. Es una forma de vida regular, que recuerda a cada bautizado que todavía “nos falta una cosa” (Mc 10,21), que es posible “escoger la mejor parte” (Lc 10,42), que “nuestra justicia debe ser mejor que la de los maestros de la ley y los fariseos” (Mt. 5,20), que hay “todavía otras ovejas de Jesús (Jn 10,16), que es posible “ser eunuco por el Reino de Dios” (Mt 19,12), que “mi alimento consiste en hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34), que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35). El Espíritu enriquece su Iglesia con carismas diversos de consagración que apuntan al “solo Dios basta”, anticipan la eternidad, que sirven y cuidan de los olvidados y anuncian la Buena Nueva a los que han perdido la esperanza.

Con el tiempo, lo que era fuego puede desvanecerse; lo que era entusiasmo puede transformarse en rutina; lo que era una consagración profética puede degenerar en una aculturación mimética. Es por esto que son muy pertinentes las expectativas que el Papa Francisco pone para este Año de la Vida Consagrada: Echar un vistazo con gratitud al pasado, buscando en los orígenes el carisma fundacional, robusteciendo la unidad y el sentido de pertenencia, y entregándose a la conversión y a la acción de gracias. Vivir con pasión el presente, partiendo del Evangelio de Cristo y de la escucha atenta a lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia y a la Congregación. Abrazar el futuro con esperanza, confiados en Aquel que nos llama, con la fe de la generación fundante, y no en los números y en la eficacia social.

¿Pero qué se puede decir ante la falta de vocaciones, el promedio de edad alto y el peso de las grande estructuras? ¿Debemos seguir creyendo en el futuro o prepararnos para morir en paz? Desafortunadamente, escuché en algunas de las Provincias SVD hablar del “ars moriendi” (el arte de morir), esto es, un bajar los brazos resignados y limitarse a preparar las reservas económicas para pagar los gastos de la vejez en lugares cómodos y ¡para morir en paz!

Más bien, creo que la manera de vivir la fe en las comunidades proféticas y misioneras, que son la levadura del Reino de Dios anunciado por Jesús, tendrá un futuro. Es en el misterio pascual que aprendemos el “ars vivendi” y “ars spei”, es decir, ¡el arte de vivir con esperanza! No tengo dudas de esto ya que nos consagramos “a Aquel que venció el mundo” (Jn 16,32); “a Aquel que era, que es y el que está a punto de venir” (Ap 4,8); el Señor de lo imposible (Lc 1,37) que nos dice: “no teman, reciban mi paz y mi Espíritu, continúen mi misión” (ver Jn 20,21-23).

Pero si cada uno decide vivir para sí mismo, profesar los votos sin ponerlos en práctica, vivir en una casa en común pero ausente de la fraternidad, escuchando más al mundo que a la Palabra de Dios, consumiendo más novedades materiales que el Pan Eucarístico, y se acomoda, aislándose de la evangelización y la colaboración con otras provincias; entonces esta clase de “vida consagrada umbilical” no tendrá futuro y morirá porque no se dona. No tendrá nada de eterna debido a que solo vive en el presente y en ¡un mimetismo amorfo del mundo! (ver Lc 12,42-48; Rom 12,1-2). Es sal sin sabor, destinada a ser lanzada fuera y a morir (Mt 5,13). El futuro brota de la fidelidad a nuestro carisma y misión. Si nos consagramos al Señor, en una actitud de escucha y de diálogo personal y comunitario; si construimos comunidades internacionales y fraternas de vida y misión, alegres y acogedoras; si llevamos un estilo de vida profético y alternativo; si utilizamos todos los medios para anunciar la Buena Nueva de Cristo, en un diálogo profético con los pobres, los buscadores de fe, con los de otras culturas, religiones e ideologías, entonces nuestra consagración perdurará ya que aceptamos ser socios del Verbo Divino, ¡haciendo nuestra Su misión!

Dios quiere que todos se salven (1 Tim 2,4) y por eso hizo a la Iglesia misionera por naturaleza (AG 2). Sin embargo la Iglesia, al establecerse en un lugar, puede olvidarse de “ir por todo el mundo” (Mc 16,15), perder el sentido de la catolicidad y la condición de itinerante del Cuerpo de Cristo. Los continuadores de la obra de Arnoldo Janssen, cuando asumen parroquias, deben ser, en la iglesia local, un faro de evangelización que despierta a cada cristiano para la misión, que inspira a las parroquias a ser abiertas al mundo y que promueve las vocaciones a la vida consagrada y misionera.

Vivimos en un mundo global y cada vez más individualista, que siente la necesidad de vivir aglomerado e interconectado. Sin embargo, es mundo que tiene miedo del otro y construye guetos de defensa y de exclusión. Los hijos de Arnoldo están llamados a ser testimonio de vida en comunión, en comunidades multiculturales y de diálogo humilde y profético. Por lo tanto, debemos crear espacios de encuentro y de busca de lo Eterno, presente como verdad en la caridad, como comunión en la diversidad, como esperanza en el futuro, como mística de paz y de justicia, como proximidad y opción por los que están en la periferia.

Estamos ante una cultura secularizada y materialista, que valoriza a quien produce más y es más fuerte. Nuestra misión es presentar la gratuidad como valor, la belleza de la creación como un deber de cuidar, la justicia basada en la caridad, la Palabra de Dios como maestra de la verdad, la enfermedad y la vejez como purificación de las falsas seguridades, la pobreza de los recursos humanos y materiales como confianza solidaria y humilde de un Cuerpo en comunión.

Hoy en día, la juventud es explotada y destinada al desempleo y a la precariedad, a la explotación y al consumo. Nuestra Congregación debe valorar a sus miembros más jóvenes, acompañarlos espiritualmente, acoger sus propuestas y darles responsabilidades, involucrarlos en la renovación y la refundación, regresando a la confianza de los orígenes y al frescor del Evangelio. La misión es de Dios, no somos irremplazables y, por lo tanto, debemos involucrar a todos en la dinamización, liderazgo y misión de la Congregación.

¡Sí, si fuésemos realmente socios del Verbo Divino, en su vida y su misión, podríamos abrazar el futuro con esperanza! Pero si fuésemos viñadores malos, nuestra misión sería la de entregar la viña a otros que den frutos (Mc. 12,9).

* El P. José Augusto Duarte Leitão svd, es Ecónomo Provincial de la Provincia de Portugal (POR). Antes de asumir este cargo, fue Superior Provincial de POR durante dos períodos. Ha trabajado con congregaciones religiosas y también en el trabajo de formación. Fue misionero en Angola y escribe reflexiones bíblicas diarias en un blog.

Fuente: Arnoldus Nota, Julio 2015

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