Recibir un ‘corazón nuevo’ en la Vida Religiosa Consagrada

Celebrando el Año de la Vida Consagrada como Misioneros del Verbo Divino

Por Thomas Hughes svd

En los últimos años ha habido mucha reflexión sobre nuestra comprensión de la Vida Religiosa Consagrada (VRC), con el uso de términos como “renovación”, “revitalización” “refundación” y “resignificación”. Gran parte de la energía se ha gastado en debatir lo adecuados que son los diversos términos. Es importante aclarar el significado de las palabras que usamos, pero lo más importante es reconocer que este debate es un síntoma de una profunda crisis en la VRC, especialmente en su forma apostólica, una crisis que también se ha sentido en nuestra Congregación. A menudo parece como si nos faltara claridad sobre lo que es esencial para la VRC, aquello que da coherencia y sentido a nuestras vidas como religiosos, y, en nuestro caso, como religiosos-misioneros SVD.

La crisis actual de la VRC no es nueva, ni necesariamente negativa. Puede expresarse en nuevas formas, pero la Historia de la Salvación demuestra que con frecuencia, a través de las crisis, el Proyecto de Dios para su pueblo ha avanzado. Jeremías entendió esto, en medio de las agitaciones políticas y religiosas de su tiempo: “Yo sé qué planes tengo en mente para ti, dice el Señor, planes para la paz, no para el desastre, para darte un futuro y una esperanza” (Jr 29,11). Muchos religiosos se sienten hoy como el pueblo de Dios en el exilio de Babilonia, sin unas claras coordenadas, perspectivas o metas. Habían basado sus vidas sobre una base que el tiempo demostró ser inadecuada e insuficiente: La tierra prometida, el Templo, la realeza davídica. Era necesario descubrir la falsedad de estas garantías para redescubrir la presencia de Dios y su proyecto en una situación nueva y cambiada. Lo mismo ocurre con la VRC hoy, hasta mediados del siglo pasado nuestra identidad parecía segura y muy clara, basada en nuestra llamada a la santidad, nuestro ideal misionero y nuestras obras de caridad. Sin embargo, el Concilio puso de manifiesto que la llamada a la santidad es universal, que todos los bautizados son misioneros por naturaleza y que no es necesario ser religioso para participar en nuestros apostolados. Una cuestión fundamental había que responder: “¿Por qué ser religioso si no es necesario para actuar como lo hacemos?”. La incapacidad para responder a esta pregunta de manera satisfactoria llevó a decenas de miles de hombres y mujeres religiosos a abandonar sus congregaciones, algo que continúa perturbando a muchos hasta el día de hoy.

A través de profetas como Jeremías, el Deutero-Isaías y Ezequiel, los exiliados descubrieron una luz en la oscuridad, una esperanza en medio de la desesperación y la actividad permanente del Señor en medio de las ruinas de sus estructuras teológicas y religiosas anteriores. El exilio no fue el final del proyecto, sino una oportunidad para renovarlo, para liberarlo de la carga ideológica y estructural que distorsionaba su inspiración original. Una relectura de estos profetas podría ser muy beneficiosa, ya que nos enfrentamos a la situación actual de la VRC. Dios habló a través de Ezequiel: “Les daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26). El protagonista de la renovación es Dios, el cual traerá consigo no sólo una renovación de las estructuras, sino un cambio profundo en la vida y la misión, a través de una nueva y radical experiencia de Él.

¿Cómo podemos recibir este “corazón nuevo”?
Podemos afirmar sin duda que será a través de la vivencia de lo que, en América Latina, se conoce como nuestro “núcleo de identidad”, o “identificación del núcleo”. El difunto padre João Batista Libânio, SJ, capta este núcleo en una hermosa síntesis: “… La vocación religiosa vivida en una perspectiva de fe se basa, en instancia final, en la experiencia radical de Dios…. nacen la vida comunitaria y la misión apostólica de esa experiencia y la nutren. Las tres dimensiones básicas de la vida religiosa consagrada se resumen en la experiencia de Dios, la vida y la misión de la comunidad. La experiencia de Dios sienta las bases. La vida comunitaria se nutre de esta experiencia. También recarga a los religiosos afectiva, psicológica y espiritualmente para la misión. La misión, a su vez, irradia los otros dos aspectos de tal manera que todos están unidos. Los tres viven, una expresión trinitaria, una verdadera pericoresis, una profunda compenetración, cada aspecto pasando a través del otro”. (Convergència – Mayo 2014)

No puede haber auténtica VRC sin esta profunda experiencia de Dios. Como insiste la carta a los Hebreos, debemos “mantener nuestros ojos fijos en Jesús, que nos guía en nuestra fe y la lleva a la perfección” (Hb 12,2) en Jesús de Nazaret, en su espiritualidad como el Siervo de Yahvé, su opción por los pobres y marginados, su búsqueda de la voluntad del Padre, el que “aprendió la obediencia… por medio de sus sufrimientos” (Hb 5,8).

Para ello hoy tenemos que crear una actitud de pobreza espiritual, para que el Padre nos pueda dar un “corazón nuevo” y una nueva visión para ver cómo sigue actuando en el mundo y la Iglesia de hoy. Tomemos en serio las palabras del Deutero-Isaías, reprendiendo a los exiliados (pesimistas y sin esperanza) con palabras que son válidas para la VRC hoy: “Así dice el Señor: no hay necesidad de recordar el pasado… mira, yo estoy haciendo algo nuevo, ahora emerge; ¿Puedes verlo?” (Is 43,16-19).

¿Qué es este “algo nuevo”, que Dios está creando hoy en la VRC? Tenemos que descubrirlo con ojos de la fe, a veces con una sensación de temor en el camino, en tinieblas (cf. Hch 17,27), pero con la certeza de que Dios no nos va a fallar y que el proyecto de la VRC no se derrumbará, sino que prosperará en maneras que nunca podíamos haber imaginado o previsto, también dentro de nuestra propia Congregación. No hay fórmulas mágicas, sino más bien una búsqueda en la fe. Pero una cosa es segura, no habrá una verdadera renovación que no implique una profundización de nuestra experiencia de Dios, la cual llevará a una vida de comunidad revitalizada y a un nuevo compromiso con la misión y el carisma. En nuestro caso, creo que implicará un nuevo compromiso con nuestro diálogo profético, vivido a través de nuestras dimensiones características, alimentados por una constante Lectio Divina, con un renovado compromiso con los “últimos” en la sociedad.

Tom Hughes SVD
Coordinador del Apostolado Bíblico de Brasil (BRS).
Durante muchos años ha estado trabajando en el apostolado de la Biblia en diferentes puestos.
Fue Coordinador del Apostolado Bíblico de PANAM desde 2002 hasta 2008.
Es oriundo de Dublín (Irlanda) y está en BRS desde 1970.

Fuente: Arnoldus Nota, agosto-septiembre 2015

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