Ser último y servidor de todos

YO ESTOY AQUÍ (25º Domingo B, Mc 9,30-37)

180915Por Eduardo Porcheddu svd

Si recordamos bien, este es el segundo anuncio de su pasión que hace Jesús, en el primero Pedro se interponía tratando de quitarle de la cabeza a Jesús esta idea. Ahora vuelve Jesús a hacer un segundo anuncio de su pasión y nos encontramos a los discípulos que siguen sin entender nada. Por el camino venían discutiendo sobre quién sería el más importante. Me imagino que fue muy decepcionante para Jesús, porque sus discípulos no pensaban en otra cosa que en mandos y liderazgos. Ahora podemos ver que a partir de esto Jesús nos deja varias ideas, de las cuales quisiera compartir con ustedes dos reflexiones:

Primero: “El que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”. Los doce compañeros de Jesús, adultos ambiciosos, no estaban interesados en la catequesis de Jesús. Querían hacer carrera y triunfar. Eso de morir por nada o por los demás no entraba en sus cabezas como tampoco, muchas veces, entra en las nuestras.

La ambición humana no tiene límites. Los apóstoles físicamente estaban muy cerca de Jesús, pero espiritualmente estaban muy lejos. Le acompañaban con la maleta llena de ambiciones humanas. Le escuchaban, pero eran seducidos por las ambiciones del mundo. Y recordemos que Jesús fue el primer servidor de los hombres. Huyó cuando lo querían proclamar rey y sigue huyendo de la Iglesia en la medida en que ésta busca su propia gloria y se olvida de su única y esencial tarea, ser servidora, comprensiva y contenedora.

En la Iglesia de Cristo no hay poder que compartir y repartir, sólo tiene que haber servicio a los hombres, a todos los hombres. “Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. Es exactamente el mismo mensaje del domingo pasado. Y lo encontraremos una vez más en el episodio de la madre de los Zebedeos, pidiendo a Jesús los primeros puestos para sus hijos.

Y a veces hemos dado a los de fuera la impresión de que para ser él grande, Dios nos quería empequeñecidos. Jesús dice: ¿Quieres ser el primero? Muy bien. Pero no lo conseguirás machacando a los demás, sino poniéndote a su servicio. Cuanto más sirvas, más señor serás. Cuanto menos domines, mayor humanidad.

Un día, en un bosque muy visitado, se desató un incendio Todos huyeron, llenos de miedo. Quedaron solamente un ciego y un cojo. Asustado por el fuego, el hombre ciego se dirigía, sin saberlo, directamente hacia el bosque en llamas. “No vayas allá -le gritó el cojo- acabarás en el fuego”. “¿Hacia dónde entonces?”. “Yo puedo indicarte el camino” -contestó el cojo, pero no puedo caminar-. “Si tú me tomas sobre tus hombros, podríamos huir de aquí y salvarnos los dos”. El ciego siguió el consejo del cojo, lo tomó sobre sus hombros y se dejó guiar por él que veía muy bien.

Esto es lo que significa la comparación que san Pablo hace del “Cuerpo místico” de Jesucristo. Somos miembros los unos de los otros y los carismas se distribuyen siempre para el bien de todos. Nadie recibe un don sólo para sí sino para utilidad de los demás. Si supiéramos juntar nuestras experiencias, nuestras capacidades y colaborar juntos para una tarea común, podríamos resolver tantos y tantos problemas que no pueden resolverse sin la unidad y el servicio recíprocos.

Segundo: Acercándose a un niño, lo puso en medio. Fíjense el detalle: “lo puso al medio”. Al revés de nuestra sociedad, que lo quita del medio, o lo hecha a un lado. Y hay muchas formas de quitar del medio a un niño. Y hay muchas maneras de quitar del medio a un niño recién nacido, Y hay muchas formas de quitar del medio a un niño que todavía no ha nacido.

Ahora una pregunta:
¿Por qué un niño como modelo? Jesús fue el primero en poner como modelo un niño. El mundo de los niños está lleno de cosas de niños, cosas pequeñas a las que no damos importancia. Un niño depende totalmente de los demás y ama sin condiciones. Y así es Dios, amor sin condiciones para todos.

No matemos el niño que llevamos dentro, el hijo de Dios que quiere nacer cada día. Adultos sí, pero niños e hijos de Dios siempre. Hacerse adulto, crecer, es perder la inocencia, dejar de ser dependiente, olvidar la casa paterna, enterrar el niño que todos llevamos dentro y vivir la vida sin ataduras familiares, sociales y religiosas. Es olvido de Dios. La sociedad actual hace a los niños adultos antes de hora y se olvidan pronto de cómo sabe Dios.

Podemos, entonces, sintetizar estas dos ideas diciendo: “Y Jesús colocó en medio a un niño, para enseñarnos la lección del servicio”.

Quisiera terminar con este poema de Gabriela Mistral:

“El placer de servir”

Toda naturaleza es un anhelo de servicio.
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los
corazones y las dificultades del problema.

Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay,
sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.
Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho,
si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

Que no te llamen solamente los trabajos fáciles.
¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!
Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito
con los grandes trabajos; hay pequeños servicios
que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar
unos libros, peinar una niña.

Aquel que critica, éste es el que destruye, tu sé el que sirve.
El servir no es faena de seres inferiores.
Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera
llamarse así: “El que Sirve”.

Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos
pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién?
¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

Eduardo A. Porcheddu, SVD
Parroquia San Pedro – Córdoba

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