La Paz esté con ustedes

YO ESTOY AQUÍ (2º Pascua C – Jn 20,19-31)

Por Alejandra Irribarra

¡Qué relato el de este domingo! ¡Jesús ha Resucitado! Y esta es la noticia más importante de todo el Evangelio. Y es Juan que dedica este Capítulo a la Resurrección de Jesús. Y como siempre, la Palabra del Señor es actual, nos ilumina y enseña a conducirnos en la vida.

Y entonces, Juan nos habla de la resurrección, de recibir el Espíritu del Señor -ese espíritu santo-, de la alegría, de la paz, de la fe, de la esperanza que Jesús VIVE y vive en nosotros, de la Misericordia infinita de Dios.

Y hoy, en este evangelio, el Señor vuelve a sorprendernos como en Belén, como en el río Jordán, como cuando caminaba dando su amor al que se lo pedía y al que lo rechazaba también, como en la última Cena, como en su muerte… ¡hasta el mismo sol se eclipsó en pleno mediodía!

Ahora, su gran triunfo, su victoria definitiva, su resurrección y en un momento en que “casi nadie” lo ve. Y nos preguntamos ¿por qué? Y no nos tendría que sorprender ¿por qué? Porque así es el Señor. Nos revela su humildad divina, este modo de actuar es una fuerte llamada a nuestra conciencia y a nuestro corazón para invitarnos a estar en vela, con los ojos del alma y del cuerpo, bien atentos y despiertos (no seamos como los apóstoles que se durmieron y lo negaron cuando más los necesitaba).

Y también actúa así, para que nuestra respuesta Él sea en la fe, en el amor auténtico, en la humildad y en la libertad. Nadie vio cómo resucitó el Señor, ni a qué hora sucedió y es el evento más grandioso de nuestra fe y el más decisivo de todo el cristianismo. Y, sí, hermanos, la resurrección de Jesús es la “Buena Nueva” y anunciada por el mismo Jesús durante su vida pública y proclamada por la Iglesia de todos los tiempos.

Si su nacimiento en Belén fue un hecho que llenó de inmensa alegría al mundo entero -y cada año lo celebramos desbordando de júbilo en la Navidad- su Resurrección lo es más aún. Y si el nacimiento de Jesús es un motivo de dicha para el mundo entero, su resurrección es la máxima coronación de toda su vida y su plan redentor. El misterio de Dios hecho hombre, que se encarnó por amor a nosotros y nació para salvarnos, encuentra su pleno y total cumplimiento en este triunfo glorioso y definitivo de su resurrección.

Y se aparece a sus discípulos después de su resurrección. ¿Podemos imaginar ese momento? Y otra vez, los sorprende, y otra vez, nadie lo sabe. Y llega nuestro Señor, como dice el evangelio: “al anochecer de aquel día, el primero de la semana… y se puso en medio de ellos…” ¡El Señor ha resucitado! ¿Y por qué estamos en silencio? Y no fue anunciado con trompetas. Y es que Jesús nunca ha actuado así, también en su gloriosa resurrección, saber ser humilde, ¡qué impresionante es el modo de actuar de Dios! Y podríamos imitar ese gesto, la humildad.

Y volviendo a las palabras del evangelio: “al anochecer de aquel día, el primero de la semana… y se puso en medio de ellos…” Les y nos da aliento de Vida con su Espíritu Santo. Les y nos saluda brindándonos la paz. ¿Y qué era la paz y qué es? Era el buen saludo, el buen deseo. La paz que Jesús da no es ausencia de riñas. Es bienestar general. Es anchura de espíritu. Es una situación plena. Es poder decir desde dentro: Soy feliz.

Esta es la comunicación de Jesús, a la que le da la máxima importancia, porque quiere que acojamos en nuestra vida esta paz profunda, para que estemos a gusto con nosotros y con los demás y demos gloria a Dios. La felicidad que Jesús nos quiere transmitir es la felicidad que abarca la hondura de nuestro ser.

El que acepta la paz, la felicidad interior que da Jesús, se siente impulsado a transmitir eso mismo a otros. Es algo que no se puede poseer en exclusiva. Y así como se contagia la tristeza y el pesimismo, así también se transmite la alegría y la dicha profunda. Jesús nos invita a comunicar vida y libertad. Y esto está dirigido a todos. Todos somos ahora la presencia viva de Jesús. Él quiere llegar por medio de nosotros a nuestros hijos, familiares, amigos y desconocidos. Estamos llamados a vivir en el perdón y a darlo en nuestro vivir diario. Y en este hermoso relato, vemos que “aparecen” las dificultades y nos encontramos con Tomás, uno de sus apóstoles, “uno de los Doce”, y no creía porque no estaba con los demás. No creía y desconfió de sus amigos y compañeros que le decían “hemos visto al Señor”. Y ¿dónde estaba la dificultad? Hoy mismo, si alguien de otra cultura nos pregunta: “Ustedes, ¿de quién son seguidores? Y si les contestamos: “De un crucificado”, ¿qué nos puede contestar?: “¡Que insensatez!” Nosotros, a 2000 años de distancia, lo vemos todo normal; pero los primeros cristianos se preguntaban: ¿se puede mostrar Dios en un condenado a muerte?

Dios estaba con Jesús cuando su compromiso por los marginados de este mundo lo llevó a morir ajusticiado. Dios está en la debilidad, en la pobreza. Esta es la lógica de Dios. Y tiene que ser así. “Al anochecer, el primer día de la semana”, es decir, en domingo, cuando están reunidos para la fracción del pan, tiene lugar el encuentro con Jesús Resucitado. Como nosotros, que podemos tener experiencia de Jesús en nuestra Eucaristía, a través de la Palabra y del Sacramento. Y así sentimos la presencia de Jesús, su paz, su alegría.

Jesús Resucitado se aparece a sus amigos, a sus discípulos y Él es el primero y el último y tiene las llaves de la muerte y de la vida. Cristo es el centro del cosmos, de la historia y de la vida del hombre. Sin Él no se puede nada. El hombre lleva impresa en su ser la imagen de Dios. Y en la medida en que se vaya viviendo de acuerdo con esa imagen, en esa misma medida desarrollará y madurará su propio ser, e irá alcanzando la felicidad que va buscando. La imagen más perfecta de Dios es Cristo muerto y resucitado.

Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI que creemos en el Resucitado, somos calificados por Cristo como dichosos: “dichosos los que crean sin haber visto”. En este Año de la Misericordia y siempre, hemos de dar gracias permanentemente a Dios por el gran don de la fe. La fe en el Resucitado ha de ser un motor que nos impulse a anunciarlo con el testimonio de la vida y con la palabra. Nuestra sociedad está necesitando a Cristo urgentemente, y somos nosotros los que tenemos que llevar a la sociedad y acercarla a Cristo. La enfermedad de esta sociedad no se cura sólo con leyes civiles. Hay que rearmarla de principios morales. Y qué mejor que los principios morales de Cristo Resucitado.

Entonces, digamos al Señor, en esta Pascua: “Jesús sana mi incredulidad y dame la fe para saber apreciar siempre tu divina misericordia”. Y pidamos, también, a la Virgen que interceda ante el Resucitado, su Hijo, para que hombres y mujeres de hoy, en todos los ámbitos, desde el seno familiar, aceptemos lo que nos pide y da Cristo Resucitado, el respeto mutuo desde la humildad. Que sepamos dar paz y que todos celebremos, hoy, con alegría la divina misericordia de Jesús.

Que como Tomás, superemos las dificultades, recibamos los dones del espíritu y desde el corazón con alegría y paz, digamos: ¡Señor mío y Dios mío!

Alejandra Irribarra
Parroquia Nuestra Señora del Camino
Piedra del Águila – Neuquén

Etiquetado .Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Comentarios cerrados.