Ámense los unos a los otros

YO ESTOY AQUÍ (5º Pascua C – Jn 13,31-35)

Por Marifátima Sousa SSpS

Jesús se da así mismo el título de Hijo del hombre. Sus contemporáneos sabían muy bien a quien se refería ese nombre. Sólo cabía al Mesías. Para Jesús estos son tiempos de despedida, de recomendar ciertas cosas a sus amigos. Y les hace aclaraciones muy precisas, las más importantes. Jesús quiere que se den cuenta de quien es él. Es él que da gloria a Dios y Dios le da gloria también.

Dios lo ha glorificado a él, a Jesús, y también que él glorifica a Dios. El término “Glorificar” tiene la connotación de honrar, de dar honor, de destacar, enaltecer. Dios enaltece al Hijo y el Hijo enaltece al Padre, entonces esa alabanza es mutua, de Dios a Jesús y de Jesús a Dios. Si buscamos en las Escrituras nos topamos con frases como estas: “Este es mi hijo muy amado… le dice Dios en su Bautismo a Jesús (Jn 3,22). Y Jesús eleva sus ojos (Jn 17,1) para decirle: “Padre ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”. Se precisan el uno al otro, se aman, se comunican, se hacen partícipes de sus bienes. Mutuamente están contentos y satisfechos de ser quienes son y de amarse como se aman. Eso en el seno de la trinidad es darse gloria.

Una segunda cosa que Jesús no quiere que pasen por alto sus discípulos es el “amor”. Los que dicen que lo siguen y los que dicen que lo aman, deben amarse sin medida entre ellos, sin límites, sin condiciones. Él se entrega todo, ellos deben imitarlo, deben seguirlo de la misma manera, seguirlo hasta entregar la vida, no sólo pedacitos, sino toda la vida. Así como él se entregaba, así tal cual tenían que amarse sin retaceos. Hoy Jesús sigue queriendo todo ese amor para nosotros, y hay ejemplos de quien da la vida para salvar otras. A veces es costosa y hasta va en contra de los deseos de salvar la vida propia, que es lo más valioso para las personas.

El hambre puede ser un móvil para disputar el alimento, pero siempre hay quien renuncia a comer en el intento de prolongar la vida de otros. Como aquella madre empobrecida por la guerra, que está compartiendo con sus dos hijas pequeñas como desayuno un poco de sopa de repollo, casi sin fideos, aguada, que quedó de la cena. Es cuestión de ahorrar todo lo que se pueda y en lo que sea. Comen del mismo plato, una cucharada a cada una. Se va terminando pronto, demasiado pronto, inclinan el plato para que nada se pierda. En la alternancia la última cucharada corresponde a la mamá, las niñas miran al plato vacío con las cucharas en el aire, quieren algo más, aunque sea sólo una cucharada. El hambre no se había ido. La madre las mira, y con vergüenza y en un gesto de profundo amor, devuelve al plato esa última cucharada de su aguada sopa y se pone de pie. Las niñas a su vez también se avergüenzan, se dieron cuenta. Su madre tiene hambre, no quiere el resto para que ellas tengan un bocado más. La situación se vuelve embarazosa. Delante está el plato pero ninguna se sirve, ninguna se anima a buscar ese restito. Las tres se miran y las tres se comprenden, están dispuestas, las tres, a darse de comer, a dar la vida. Los lazos de su amor las hacen libres… y aún en tanta pobreza son felices. Porque el que da recibe, es la promesa del Señor que siempre se cumple.

Nosotros también damos vida. El Espíritu Santo nos hace obrar como Jesús. Imposible ser cristiano sin dar vida abundante y sin entregar la propia. Jesús se dio todo y nosotros no podemos negarnos a él. Esta manera de amar sigue siendo válida en el día de hoy, nos convoca a la entrega, a sacar de nosotros lo mejor de lo mejor que es aquello que en nosotros mismos más se asemeja en Dios. Y con esta semejanza él nos glorifica y nosotros también lo glorificamos. Somos Jesús hoy, el de la glorificación.

Hna. Marifátima Sousa, SSpS
Parroquia Nuestra Señora del Camino
Piedra del Águila – Neuquén

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