Ser testigos y dar testimonio

YO ESTOY AQUÍ (Ascensión del Señor – Lc 24,46-53)

Por Felisa Niban

En el evangelio de este domingo, Jesús resucitado recuerda a sus discípulos que como estaba escrito, el mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día.

En dos cosas quisiera detenerme para que reflexionáramos juntos. La primera, sobre aquella expresión tan reiterada de Jesús, “como estaba escrito o como mi Padre les prometió”, revelándose permanentemente, como la promesa encarnada del padre. ¡Cómo conoce el corazón del hombre! Necesitamos, por nuestra ceguera, descubrirlo una y otra vez. Lo vivió con sus discípulos, aquellos que escuchaban sus mensajes, que veían sus milagros, que lo podían tocar… “El que me ve, ve a mi padre, como mi padre les prometió”, pero no lo veían, lo vieron sufrir la muerte de la cruz, como lo había anunciado, lo vieron resucitado pero no lo reconocieron y en el culmen de la mayor expresión de amor, que se inició en la misma encarnación.

Dice el evangelista “se fue apartando de ellos y elevándose al cielo los bendijo”. ¿Y con nosotros que pasa? ¿Somos como aquellos que lo tuvieron a su lado y no lo descubrieron? una y otra vez revivimos sus promesas y su entrega de amor y aún estamos indecisos y no lo anunciamos o lo hacemos por horas, los domingos cuando concurrimos a la celebración y después, nos acomodamos a los valores con los que nos toca convivir.

Y vemos a los marginados sociales, a los pequeños crecer sin familia porque el sistema los arranca de los brazos de sus padres cada vez más temprano. A familias que reniegan porque el tiempo de la catequesis de dos horas en la semana es demasiado. A nuestros ancianos sin respeto y solos. Como situaciones que no nos tocan o demasiadas molestas, como para dedicarles tiempo en mis tan importantes ocupaciones, pero saben una cosa, aún conociendo nuestra debilidad, Jesús hoy en su evangelio nos dijo que confía en nosotros como lo hizo con los primeros apóstoles, expresando “en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto” y nos llama a ser sus testigos y a anunciar su vida y su mensaje al mundo.

Y ese es el segundo punto en nuestra reflexión: ser testigos. ¿Quién puede ser testigo? testigo es el que ve y a oído, por lo que puede decir sin dudar lo que ha vivido. Este es nuestro tiempo, sabemos que no es sencillo, que nos invita a vivir los valores enseñados, en un tiempo y en un medio, de individualismo, violencia y egoísmo, pero recordemos una vez más su promesa, “ahora yo les voy a enviar al que mi padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”. Y aquí está el desafío que hoy una vez más tenemos. Decir sí, no es suficiente, es más profundo y comprometedor el cuestionamiento que debemos hacernos: ¿Creemos en su Palabra? ¿Cómo lo manifestamos? ¿Dónde buscamos las respuestas que tanto nos preocupan? ¿Por dónde pasa nuestro compromiso familiar, comunitario, social? ¿Creemos que revestidos por la fuerza y presencia del Espíritu es posible continuar la misión encomendada? ¿Creemos que con su acompañamiento es posible lo que parece imposible?

Aquel fue su tiempo, y Jesús cumplió con lo que el Padre por amor a la humanidad, por amor a cada uno de nosotros, le había encomendado. Éste es el nuestro y nuestras opciones, nuestros compromisos, nuestra actitud de alegría y esperanza son las que darán testimonio de lo que decimos creer. Cada uno de nosotros debe dar su respuesta, en este tiempo y en este lugar, de la historia que nos toca construir. Y así podremos ser los testigos que Jesús nos pidió ser.

El evangelista dice que “Jesús, levantando las manos, los bendijo y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos elevándose al cielo”. Hoy lo vuelve a hacer con nosotros, sólo espera nuestra respuesta.

Felisa Niban
Parroquia Cristo Rey – Córdoba

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