En el principio… la Palabra

080616Carlos del Valle, svd

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Introducción

En la Iglesia cuando hablamos de sacerdotes, religiosos y laicos, no estamos hablando de estados de vida, sino de formas de vida cristiana. Antes definíamos nuestra identidad desde la diferencia. Hoy nos definimos por las relaciones que tenemos y nuestro lugar propio en la Iglesia. Pasamos de instituto a familia. Los laicos no son los destinatarios de la misión de los religiosos. Antes la vida religiosa vivía para los laicos, y algunos laicos vivían para la vida religiosa. Hoy los religiosos viven y trabajan con los laicos, y los laicos con los religiosos. Es una relación de comunión, no de dependencia. Siempre ha existido relación entre religiosos y laicos. Lo nuevo hoy es la participación de los laicos en la misión y en el carisma de la congregación (no sólo en algunas tareas).

Religiosos y laicos del Verbo Divino bebemos en las fuentes del mismo carisma de Arnoldo Janssen. En ese carisma alimentamos nuestra espiritualidad común y nuestra identidad misionera. Los religiosos no somos dueños de un carisma sino acompañantes, formadores, amigos, hermanos… formando una familia más extensa. Los laicos no son una posibilidad para mantener obras. La presencia de ustedes significa dar forma nueva y vitalizada al carisma de San Arnoldo. Del Espíritu no se dispone, del carisma no se dispone, y sólo se da para edificar la comunidad, nunca para la propia autoafirmación. Laicos y religiosos estamos llamados hoy a darle vida al Evangelio y credibilidad al carisma. Un carisma vive en la medida en que se lo recrea. Seguimos las huellas del Fundador, convencidos de que tradición es conservar el fuego, no adorar cenizas.

Carisma… rasgos de nuestro estilo de vida. Lo que caracteriza la vida y trabajo. Es la energía que el Espíritu nos da. El carisma nos da identidad. Lo llevamos en la sangre, lo respiramos. Es un aire de familia; un modo de actuar, de pensar, un modo de ser; una espiritualidad común. Nuestro carisma se expresa como espiritualidad y misión. No hay misión sin espiritualidad que la sustente. Sin el carisma, la misión compartida es sólo colaboración por amistad o simpatía en diversos trabajos. Sin formación, la misión se deforma, la espiritualidad se deforma. Porque lo contrario de la espiritualidad no es la materialidad, sino la superficialidad, quedarse en la superficie de las cosas, no ir a la interioridad, a la profundidad.

Las ideas se piensan; en las creencias se vive. En el carisma se cree y a él se pertenece. No es que los laicos compartan la misión carismática de los religiosos. Laicos y religiosos compartimos la misión de Jesús. El Espíritu nos ha dado un carisma colectivo particular, la experiencia de fe de nuestro Fundador. Los laicos nos llevan a descubrir que el carisma del Verbo Divino es don para todos. Ellos no son colaboradores, sino corresponsables con los religiosos en la misión y el carisma.

Hoy no estamos en época de textos, sino de testigos. Más que reflexiones eruditas, en estas líneas quisiera transmitir palabras con la luz del fuego y el sabor de los testigos. Una cosa es conocer la composición del agua, y otra, la experiencia de beberla cuando tengo sed. Conocemos la Palabra cuando ese alimento llega a nuestra inteligencia. Tenemos experiencia de la Palabra cuando ese alimento llega a la sensibilidad. Me da fuerza. Alimenta mi fe, esperanza, amor. Me lleva a conocerme mejor a mí mismo, a comprender el sentido de la vida.

1. “En el principio existía la Palabra… y la Palabra era Dios”

Cuando tengo que dar un retiro a una Congregación religiosa que no conozco bien, lo primero que les pido son los textos del Evangelio que les dejó su fundador. Los fundadores de Congregaciones eligen algunos textos del Evangelio que expresan su carisma. También Arnoldo Janssen elige en primer lugar el Prólogo del Evangelio de Juan. Ahí deja el reflejo de su carisma. Es el espejo de la experiencia de fe de nuestro Fundador, su legado, su herencia espiritual. Veamos qué significa este texto del Prólogo para la vida y misión de quienes nos alimentamos del carisma de San Arnoldo.

Les invito a leer pausadamente el texto en Jn 1,1-18. Leerlo y orarlo en grupo, compartiendo aquello que le resuena a cada uno. A mí me contagia una gran fuerza y una gran bondad. El Prólogo es el imán de Dios. Un texto que moldea nuestro corazón para lo grande y lo hermoso. Casi siempre buscamos a Dios de forma intelectual: Queremos entenderlo y saber quién es y cómo es. Pero hay que leer la Biblia no para recibir información, sino para escuchar a Dios que emite señales y nunca está “fuera de cobertura”: para seguir tejiendo relación entre Él y nosotros.

Ojalá que este texto del Evangelio sea para nosotros un útero materno. Entramos en él como Moisés en la nube que lo envolvía y lo nutría, engendrando a un nuevo Moisés, más paciente, más profundo, abierto a escuchar y dialogar. Que también nuestro corazón sea como un recipiente vacío para llenarse de esa Palabra que leemos y oramos. No se trata simplemente de leer un poco más la Biblia, sino de descubrir en Jesús la Palabra de Dios, el camino de nuestra humanidad. Nos acercamos a este texto bíblico con respeto, como los peregrinos que visitan los “santos lugares”.

Juan se atreve a llamar a Cristo el Verbo, la Palabra, que acampa entre los seres humanos porque quiere dialogar. Dios se hace diálogo con la humanidad, ya que la palabra es palabra cuando dialoga. Dios es Palabra, Verbo, un Dios de diálogo y de encuentro. Fijémonos, por ejemplo, en el encuentro de Jesús con la adúltera: Es más que un encuentro, es una clase de derechos humanos y de ternura.

El Prólogo de Juan es para nosotros como la puerta de entrada hacia Jesús. Dios se hace hombre en Jesús para vivir con nosotros. Es el Dios-con-nosotros, encarnado entre nosotros. Al hablar de la Encarnación no hablamos de un Dios que conocíamos antes. “El Hijo único del Padre es quien nos lo ha dado a conocer”. A Dios lo conocemos sólo por Jesús. No se puede partir de una idea de la filosofía y luego aplicarla a Jesús. Es Jesús de Nazaret el que nos da a conocer a Dios. Solamente en Jesús conocemos a Dios. Él es la Palabra encarnada.

Una de las expresiones más bellas y profundas de Juan: “La Palabra se hizo carne”: Podemos decir: “La comunicación de Dios se hizo debilidad humana”. Dios es Amor, y el amor es comunicación, diálogo, palabra cercana en Jesús. Dios se hace comunicación con los seres humanos. El rasgo más característico de Dios es que quiere dialogar con nosotros, para encontrarse con nosotros. El gran imperativo de Israel: “¡Escucha!”. El peor reproche: el embotamiento del oído y corazón (Is 6,10). Eso lleva a sufrir el “síndrome de Emaús”, que significa: Estar informados de los últimos acontecimientos y no enterarnos de nada.

Algunas Biblias hablan del Logos (griego) o del Verbo (latín) o de la Palabra, the Word (lenguas modernas). Es decir, el Prólogo proclama a Jesús como Palabra, comunicación. Es la manera hebrea de expresar que “el decir y el hacer de Dios” están siempre unidos. En el mundo semita, la palabra está unida a la realidad. Siempre unidas palabra y acción. Hablar es actuar. Dios dice y hace, cuando pronuncia su palabra, crea, se muestra, se revela. La Biblia dice que todo ha surgido por la Palabra de Dios. El mundo no sale de la nada sino de la Palabra, del corazón de Dios.

Pero ¿qué nos dice este texto de Juan? Dice que Jesús (= la Palabra) es Dios, como el Padre, unido al Padre, y por tanto existe desde el principio. Por la Palabra (=Jesús) Dios creó el mundo. Y luego se hizo uno de nosotros, para que la Palabra hecha hombre nos pudiera comunicar a Dios. Sólo Jesús es capaz de decirnos cómo es Dios, “porque a Dios nadie le ha visto”. Juan conoce a Dios porque Jesús lo muestra. Sólo en Jesús, que es la Palabra, podemos conocer a Dios. En resumen, Juan nos dice que la Palabra existía antes de la creación del mundo, que es la autora de la creación. Se hizo hombre como nosotros, acampó entre los seres humanos. Unos la rechazan, otros la reciben. Quienes la recibimos, la Palabra nos hace hijos de Dios.

Dios es un Dios de Palabra. La Palabra se ha hecho carne entre nosotros. Se ha hecho diálogo en carne viva. Es conmovedor encontrarnos con un Dios cercano, dialogante. Si la Palabra se ha hecho carne, la espiritualidad que brota de escuchar la Palabra ha de ser encarnada. Nuestro carisma nos centra en la Palabra de Dios. Alimentados por la Palabra nos transformamos en siervos de la Palabra en la misión. La pasión por la Palabra nos lleva a la pasión por los seres humanos.

Hablamos de la Palabra encarnada: Jesús. La Biblia es el libro de la Palabra, es el testimonio de esa Palabra encarnada en Jesús. Cuando leo la Palabra de la Biblia lo hago abriendo el corazón para acoger a la persona de Jesucristo. La Biblia no es letra muerta, es la persona de Jesús que nos habla. El cristianismo no es una religión del libro, como el islam o el judaísmo.

Hay tres libros sagrados: la Torá para los judíos, el Corán para los musulmanes, y la Biblia para los cristianos. Pero con una gran diferencia: el judaísmo y el islam son religiones del libro sagrado. El cristianismo es religión y vida de una persona, Jesucristo, no de un libro. Seguimos a una persona. La Biblia es el testimonio escrito de la Palabra que es Jesús. Es el libro de la Palabra=Jesús. La Biblia es Palabra de Dios para nosotros hoy, porque nos trasmite lo que Jesús dijo e hizo. Es Buena Noticia, es Evangelio. También Jesús con su palabra sanó enfermos, perdonó pecadores, mostró el corazón misericordioso de Dios, transmitió su misión a los discípulos…

2. Acampado junto a nosotros

Encarnación, el Silencio se ha vuelto Palabra. Dios decide poner su tienda junto a nosotros. Se ha hecho nuestro vecino. La Palabra cambió la vecindad de Dios por la vecindad de los hombres. La gloria de Dios acampó junto a la debilidad de nuestra carne. Acampar es distinto de instalarse, residir, asentarse. El que acampa no tiene derecho de propiedad sobre el terreno. Pone su tienda, y una tienda es algo frágil. Dios no impone; no ejerce la fuerza de su señorío. Dice: “si quieres”, “estoy a la puerta y llamo… si alguien me abre…” Sabemos junto a quienes tenemos que estar para buscar al que acampa entre nosotros. Es en la debilidad donde podemos encontrarlo, entre los que no saben, no pueden, no tienen. Los pastores son la personificación de los que no cuentan, representantes de la masa anónima de abajo.

“La Palabra (Dios) se hizo carne” (Jn 1,14). “Carne” es lo más débil de nuestra condición humana. Dios se hace debilidad. No se hace genéricamente hombre, sino concretamente hombre débil. Asume el ser humano en su condición más baja, la de siervo. No es lo mismo ir a un hospital de visita, lleno de salud, que estar ahí enfermo, en la cama de al lado, y dialogar con el que sufre. Esa es la encarnación, la compasión de Jesús, de cama a cama. Se ha hecho siervo, humano como nosotros, excepto en el pecado (lo no humano). Nosotros misionamos descubriendo lo que hay de humano, lo bueno, lo verdadero, lo bello… ante todo entre las personas que saben poco, tienen poco y pueden poco. La encarnación nos enseña a valorar más oler a oveja que a incienso o a biblioteca. Sentimos la tentación de buscar a Dios en espacios brillantes, excepcionales, en experiencias agradables. Hay que buscarlo en los espacios de donde el mundo huye, los de abajo, así como Él nos busca a nosotros cuando se encarna.

Nuestra misión: lograr que Dios entre en el corazón de la gente, no sólo por la puerta de la Iglesia. Buscar a Dios más allá del ámbito de lo sagrado, ante todo en las fronteras donde viven los que lo tienen todo en contra. Nos acercamos al rincón de Belén, a los rincones del mundo donde acampa hoy su humanidad doliente, para ofrecerle abrigo, acogida, terreno donde acampar. Pedimos que Jesús nos enseñe a hacer misión desde los lugares donde la hacía él:

  • El corazón del Padre: Ahí se encuentra misericordia, ternura, compasión…
  • El corazón del mundo: Cercanos a la gente, a sus gozos y dolores. Pero mezclados, como la levadura en la masa, no como élite, separados, que nos creemos distintos.
  • Los lugares de abajo: El mundo de los débiles, los que sufren, mostrando bondad.

La bondad da autoridad a la propia palabra. El mayor poder que tiene el ser humano es el poder de su bondad. La bondad auténtica desarma al que se cree poderoso. La bondad se impone por su debilidad. Lo más débil es el sufrimiento de un niño. Si el niño que sufre, además sonríe, todos los poderes del mundo se derrumban. Sólo la bondad es digna de fe. Es la fuerza que puede cambiar el mundo. Dar bondad y recibir bondad es la experiencia que nos hace felices en la misión.

3. La encarnación – El camino de Dios

Jesús es patrimonio de la humanidad, no sólo de la Iglesia. Es de todos, no sólo de los cristianos. Tampoco es propiedad de los buenos. Cuando Pedro dice “Apártate de mí que soy un pecador”, reacciona con lógica de fariseo. Piensa que la bondad de Dios no puede ser tocada por la mano pecadora. Dios está cerca del pecado. Pedro aprenderá la verdadera oración cristiana: “No te apartes de mí, Señor, que soy un pecador”.

Para encontrar sentido y sabor a nuestro trabajo misionero, basta con mirar a los ojos de las personas a las que servimos. La gente sí entiende y acoge a quienes hablan de un Dios cercano y presente en experiencias que regeneran lo humano. El mensajero tiene autoridad cuando se identifica con el mensaje. No confundir misión con cargo. La misión es cuestión de amor, de vivir apasionado por Jesús y los hermanos. En la misión no se trata de vender pan, sino de ser levadura. Ser cristiano no es un privilegio; es una responsabilidad. No se puede esconder la perla ni el tesoro. Quien se siente amado se mira a sí mismo y mira al mundo de otro modo. De ahí nace la misión, para cambiar la vida. La misión es un carisma que pongo en juego o un talento que escondo.

Los sarmientos no dirigen su atención a los frutos, sino a la unión con la vid. No son los sarmientos los que producen los frutos, sino la vid a través de ellos. Preocupación más orientada a la unión con la vid que a la maduración de los frutos. Es la vid la que hace madurar los frutos. Los sarmientos dejan fluir a través de ellos la fuerza de la vid. Se trata de vivir “con los ojos fijos en él” (Heb 12,2). Vida cristiana no quiere decir aprobar un examen de buena conducta, sino asemejarnos a Dios. Dios quiere ver en ti y en mí el corazón de su Hijo. Quiere que tengamos “los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. La misión no es un campo de experiencias para autorrealizarnos, ni una pista para demostrar nuestras habilidades. Es necesidad de compartir lo que vivimos: haber sido tocados por la Palabra de Dios. Nuestra misión es proponer una escuela de discípulos.

Arnoldo Janssen nos enseña la gramática de la vida cristiana: la experiencia de Dios (ser hijos), la comunidad (vivir como hermanos), y la misión (hacer filiación y fraternidad). Para nuestro Fundador, discípulo de la Palabra es quien prolonga su misión. Nos enseña la gramática de la misión: Encarnación en lo local, con visión universal. Nos transmite vocación universal y mirada a lo particular. Nos lleva a crecer en sensibilidad abierta a todos, mirando con afecto más allá de las fronteras, de signos religiosos o expresiones culturales. El Reino lo incluye todo y reposa con cariño en cada persona. En la misión del Verbo Divino hacen falta mentes que sepan conjugar universalidad y encarnación.

En el relato de los discípulos de Emaús, vemos que sin la explicación de la Escritura que les hizo Jesús, los discípulos no hubieran partido el pan a la mesa, y no hubieran tenido la fuerza de regresar a Jerusalén a la misión de anunciar a los discípulos el encuentro con el Resucitado. La Biblia es la Sagrada Escritura que conserva la Palabra en las palabras y gestos de Jesús. Es el libro de la Palabra, que para ser eficaz necesita ser proclamada, escuchada y hecha vida en la vida de los oyentes. La Biblia es palabra-letra, como lo es una novela, hasta que alguien la lee, la proclama y la hace vida suya. Si no hay lectores, la Biblia es un libro de letra muerta. Cuando es leída y hecha vida, pasa a ser Palabra encarnada, la Palabra de Dios.

Bernanos dice: “La verdadera causa de nuestras desgracias debemos buscarla en la desencarnación del Verbo”. El gran problema en la Iglesia: la “desencarnación” del Verbo, cuando la Palabra encarnada no la hacemos vida nuestra. Cuántas veces caemos en el espiritualismo, que significa espiritualidad-no-encarnada. Podemos hacer del Evangelio un conjunto de relatos hermosos y pacíficos que se acumulan en la memoria y no nos tocan la vida. Para muchos cristianos, el Evangelio es sólo “pan para comer”, y Jesús quiere que sea “levadura en la masa”. Yo no soy lo que tengo, sino lo que doy. A veces nos conformarnos con vivir decentemente como cristianos, pero sin hacer algo más como seres humanos, para seguir encarnando la Palabra que se encarnó en Jesús.

Sin María (mujer, madre, maestra) no hay encarnación. Sin ti, sin mí, no hay Palabra encarnada hoy. El Verbo se encarna para que nosotros podamos recibir el Espíritu. Los apóstoles no descienden de la montaña, como Moisés, con tablas de piedra en sus manos. Salen del cenáculo con el Espíritu en su corazón. Nosotros escuchamos la Palabra, que nos lleva a respirar a Dios, y realizamos la misión con el Espíritu en el corazón.

“Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). La Palabra nos alimenta. Nosotros damos carne y vida a la Palabra, como María. En nosotros la Palabra se hace ver, toma carne, se hace pan, para partirlo y servirlo a todos. Vivimos de la Palabra, bebemos de la Palabra y nos confortamos en la Palabra. En nosotros el deseo de la misión se mantiene encendido gracias a la mecha de la Palabra. La escucha de la Palabra nos pone en camino y nos empuja a la misión. Sólo escuchando sabemos lo que tenemos que hacer: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. No cambies la oración por: “Escucha, Señor, que tu siervo habla”.

Conclusión

Por la Encarnación, Jesús muestra la manera de actuar de Dios. Entramos en la lógica de la semilla que crece, la grandeza de lo pequeño, la riqueza de la pobreza, la humanidad de Dios. Jesús es la forma humana de ser Dios. Debemos ser expertos en humanidad, porque seguimos la encarnación, la humanización de Dios. Dios habita la realidad más humana de la vida. Eso asombra, emociona, interpela, convoca. Cambia nuestros esquemas. Dios empeñado en ser humano y nosotros en ser espirituales. Lo más profundo de Dios no es su divinidad (no sabemos, ni podemos saber lo que es), sino su humanidad. De Jesús nos impresiona su humanidad. Alguien tan humano, sólo puede ser Dios. Dios es la realización más plena y profunda de lo humano.

El hombre tiene el deseo de “ser como Dios” (Gén 3,5). Y Dios desea ser hombre. El Dios de Jesús pulveriza nuestra seducción por lo grande, lo poderoso, la fuerza, el dominio. Si para traer vida al mundo, Dios se humaniza, todo el que quiera aportar algo bueno no tiene otro camino. Es la encarnación lo que nos cambia la vida. Lo que puede transformar nuestra vida es la Palabra y los pobres, la Palabra encarnada en los pobres. La Palabra tiene una fuerza transformadora. Si nos dejamos tocar por ella, nuestra vida se transforma. Si nos dejamos guiar por ella, terminamos en los pobres.

Como los discípulos de Emaús (Lc 24,13), laicos y religiosos, nos encontramos en un camino compartido. La experiencia de caminar juntos nos hace sentir arder el corazón y nos impulsa a invitarlo a Él a quedarse y sentarnos a la mesa alrededor del pan partido, para volver a Jerusalén con fuerza y anunciar que está vivo y presente entre nosotros. De este modo, nos ayudamos a superar el creer que podemos seguir aislados. Si vivimos aislados, se debilita nuestra identidad, y se debilita la fuerza de nuestra misión.

La Congregación del Verbo Divino agradece a sus laicos el apoyo, el trabajo, el cariño hacia ella y sus obras, y el impulso que contagian con su entusiasmo en la misión común. Trabajamos, reflexionamos y oramos juntos en sintonía. Los laicos esperan de los religiosos que sean sal y luz en sus vidas. Esperan una palabra oportuna, coherente, profesional en lo propio y siempre misericordiosa. Esperan carisma encarnado, Evangelio vivido. Hoy la Congregación quiere remar mar adentro, para alimentarse y alimentar a nuestros laicos de profundidad evangélica con sabor verbita.

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