Molesto como piedrita en el zapato

Horacio Caballero, misionero Argentino en Angola – África. Les ganó el corazón, la confianza. Compartía con ellos la comida, las migajas de lo que había caído de la mesa de los ricos. Vislumbraba el futuro sin perspectivas de estos niños.

Es misionero verbita, desde hace 8 años en Angola. Desde niño sintió una peculiar atracción por la palabra de Jesús que dice: “Yo tuve hambre y vos me diste de comer”. Esta frase de Jesús, más las palabras de nuestros obispos en Puebla, donde confesaban que el rostro sufriente de Jesús de mostraba en los niños de la calle, lo movieron a cristalizar el llamado de Dios. Y su destino misionero fue África.

Las acciones guerrilleras en Angola lo confinaron a la capital de ese país, Luanda. Tuvo, pues, una suerte igual a muchos, y entre ellos a muchos niños, arrojados allí por la violencia, muchos de ellos sin sus padres, a una ciudad que no dejaba de crecer en número, pero sin un crecimiento económico o social.

El Padre Horacio aprendió a vivir de noche, cuando los niños harapientos se juntaban para defenderse de bandas similares, de la policía, de los animales vagabundos. El misionero argentino les ganó el corazón, la confianza. Compartía con ellos la comida, las migajas de lo que había caído de la mesa de los ricos. Vislumbraba el futuro sin perspectivas de estos niños.

De día el misionero llevaba a sus protegidos a los hospitales y clínicas. Luchó para que los chicos fueran aceptados en las escuelas públicas. Mendigaba materiales en desuso para hacer con sus chicos un techo. Consiguió un lote de terreno. Le dieron contenedores herrumbradas que servían como albergues. Unió a su obra, que vino a ser su carisma, a misioneras Siervas del Espíritu Santo. Construyó finalmente algo que podría llamarse una ciudad de jóvenes, donde cada día entran y salen 300 chicos, a la escuela, a hacer las compras, a los hospitales y clínicas. Todo esto desde hace 7 años, y está en el barrio de Palanca.

Hoy, la ciudad de los jóvenes cuenta con cocina, comedores, dormitorios, y farmacia propia. Tratan a los chicos por las consecuencias de la desnutrición, enfermedades de la piel, malaria y diarreas. Dos veces por semana el equipo sale a las calles de Luanda para tomar contacto con los chicos que semana tras semana vienen huyendo desde el interior del país. Comienza entonces un nuevo ciclo de tratamiento, de ganarles la confianza, de alejarlos de las drogas, de inducirlos a asistir a clases o de aprender en la misma comunidad las profesión de carpintero de muebles, de electricidad o de soldadura.

La ciudad de los jóvenes no quiere ser un mundo aparte. Todo lo contrario. Por esto sus integrantes van alas escuelas públicas, y los directivos buscan a contactar a las familias o sus tribus para reintegrar a los pupilos en su ambiente natural.

El P. Horacio Caballero ha tenido que defender a sus chicos de las chicanas de la policía local. Es otra parte de su apostolado: conscientizar a los adultos luandeses que los chicos de la calle son seres humanos, y muchas veces víctimas de los mismos errores de los adultos. Por esto dice: nuestra labor es para algunas autoridades molesta como una piedrita en los zapatos.

Guillermo Brabander SVD

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